No sabía si sería la última vez, pero me despedí como si lo fuera. En esa ciudad dejaba demasiadas versiones de mí, y todas sabían algo que yo no me atrevía a contar.
Aquella noche, Miguel y Amara me esperaban con vino, risas, una cena deliciosa y esa complicidad rara que se forma cuando uno llega en silencio y se va roto.
En medio de la conversación, cuando ya casi me marchaba Amara me miró.
—Ven, antes de que te vayas —dijo con ternura —queremos mostrarte algo.
Me guiaron hasta el estudio. Me senté frente al ordenador y ellos se ubicaron a mi lado. Abrieron una carpeta que llevaba por nombre “La boda”.
Aparecieron las imágenes.
Gabriel y Clara.
Gabriel con un traje claro, mirándola como si nunca hubiera amado antes. Clara con los ojos brillantes. Había flores, baile, brindis, sonrisas y miradas de complicidad. Y la playa, era una boda hermosa en la playa. Apreté los labios mientras sonreía levemente, también con los ojos y el alma.
—Están hermosas —dije. Y lo decía en serio. Lo eran. Aunque ninguna de esas fotos
sabía lo que pasó antes.
Conocía a Gabriel desde hacía más de diez años.
Nunca hubo nada entre nosotros, pero nos mirábamos con algo que no sabíamos nombrar. Esporádicas veces en el año, por azares de la vida, coincidíamos en alguna reunión, una fiesta, una llamada accidental; hablábamos y reíamos mucho. Yo pensaba que le gustaba, pero nos teníamos un respeto extrañamente grande. Y siempre
terminábamos con un silencio cómplice, una química innegable y de nuevo la distancia.
Hasta que conocí a Clara en el curso de inglés.
Hicimos amistad rápido. Me abrió la puerta de su casa, me presentó a su familia. Cuando su madre enfermó, quise ayudar. No sé si por lealtad… o por impulso, llamé a Gabriel. Era médico y pensé que podría orientarnos.
Él fue. Atendió a la madre de Clara y cuando se despidió, me invitó a acompañarlo a una reunión con amigos. Acepté. Esa noche, entre personas que no conocía, fue como si por fin nos encontráramos en la misma página. Reíamos. Nos buscábamos con la mirada. Sentía una paz desconocida, como si lleváramos años juntos. Esa noche nos dimos el primer beso y fue más alivio que vértigo.
Después de eso, ya nada fue igual.
Conocí a todos sus amigos. Comenzamos a vernos todos los días y pasábamos mucho tiempo juntos. Hacíamos planes. Tenía una manera de besarme que me borraba el miedo, la culpa. Gabriel era mayor que yo. Muy inteligente. Con él, sentía seguridad, aunque mi pecho permanecía nervioso muchas veces y él lo sabía, pero callaba.
Yo estaba con alguien más, hacía cinco años.
Mi pareja atravesaba una situación muy difícil. Su salud, su ánimo, su vida… todo pendía de un hilo. Yo no lo amaba ya, pero no podía dejarlo solo. Lo cuidaba. Lo sostenía. Lo acompañaba. Y mi vida se iba en ello.
Cada día con Gabriel era una grieta. Cada día sin él, una herida.
Clara sabía de mi pareja, pero de Gabriel ni sospechaba.
Un día, en el hospital, la vi llorando en un pasillo. Su madre había empeorado. Me acerqué. La abracé. Gabriel apareció poco después. Nos miró. Me sonrió. Le habló con dulzura a Clara. Le dijo que volvería pronto. Y mientras se alejaba por el pasillo, ella lo siguió con la mirada. Que extraño – pensé.
Días más tarde, me preguntó si Gabriel tenía pareja. Yo lo negué. Tal vez por miedo o tal vez por culpa. Quizá porque decir la verdad significaba romper todo. Y esa fue la primera ficha que cayó.
Después de eso, Clara empezó a llamarlo por cualquier cosa.
Y Gabriel, de a poco, empezó a alejarse.
Una noche, nos quedamos juntos en casa de unos amigos. Hicimos el amor. Nos quedamos dormidos. Pero en la madrugada me desperté y lo encontré sentado en la cama, en silencio.
—No puedo seguir así —dijo sin mirarme.
Días después, nos vimos en un piano bar que nos encantaba. Yo llevaba un vestido negro, largo. Él, la tristeza en la mirada. Bailamos una balada. Lloramos. Le entregué una carta escrita a mano. Decía todo lo que no supe decir antes. Que lo amaba. Que estaba rota. Que no sabía cómo salir.
Él no dijo nada.
Me llevó a casa. Me dejó en la puerta. Se quedó unos segundos. Después se fue.
Volvió al bar. El muchacho de la barra, que nos conocía, le sirvió un trago.
—Amores que duelen —dijo.
Gabriel lo miró.
—Es la mujer de mi vida —respondió.
Nunca más volvimos a estar juntos.
Días más tarde, Clara me mandó un mensaje: “¿Por qué nunca me lo dijiste?”
No supe qué contestar. No lo hice.
Pasó el tiempo y un día, fui al hospital a entregar unos papeles. Lo vi de lejos. Estaba con Clara. No me vieron. Di media vuelta y me fui. Lloré mucho.
A los meses supe que se habían casado.
—¿Estás bien? —me preguntó Miguel al ver mi silencio frente a la pantalla.
—Sí —respondí —Solo que no me esperaba esto.
—¿Sabes? —dijo él, con media sonrisa —Siempre fue raro. Una noche quedamos en comer con Gabriel y esperábamos verte. Pero llegó con Clara. Dijeron que se habían conocido hacía poco. Pero la historia nunca nos cerró.
Asentí.
No dije nada más. No hacía falta.
Nadie supo que mientras Gabriel y Clara se conocían, yo seguía con alguien más, y no fui capaz de dejarlo. Porque necesitaba de mí. Porque no sabía cómo ser libre sin dejar a alguien más atrapado y porque yo también mentí.
La primera ficha del dominó no fue una traición.
Fue una renuncia.
Una cobardía.
Un silencio.
Clara y Gabriel fueron cayendo como las demás.
Yo también.
Pero nadie vio esa ficha invisible.
Solo él.
Y yo.
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