Según la Real Academia Española (RAE), la palabra miedo proviene del latín metus que significa “temor”. La define como: angustia por un riesgo o daño real o imaginario; y también como: recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Entre sus antónimos destacan valor, valentía y confianza.
Entonces, ¿sería el miedo nuestra reacción o respuesta involuntaria ante lo desconocido? Esencialmente si discrepa de lo que esperamos o deseamos, si nos hace sentir en peligro o si lo consideramos una amenaza. ¿Bastaría con confiar más?
Según ha afirmado la psiquiatra española Marian Rojas Estapé, el 91.4% de las cosas que pensamos no suceden; sin embargo, nuestro cerebro no distingue entre una situación real y una imaginaria, llevando todo nuestro cuerpo a reaccionar de la misma manera ante ambas. Por lo que podríamos pensar que la mayor parte del tiempo que sentimos miedo y reaccionamos en consecuencia, potencialmente estaríamos equivocados, pero lo que experimentamos como reacción física, sería completamente real.
¡Los niños son un peligro! —se dice siempre que hacen algo que consideramos o que en efecto es peligroso, a consecuencia de no sentir o conocer el miedo. Hace unos días estaba en una piscina con mi familia y mi sobrino de 8 años, que no tiene miedo a nada, empezó a correr mientras lanzaba una pelota al agua para luego tirarse detrás de ella, cayendo peligrosamente cerca del borde. Afortunadamente no pasó nada, pero todos los adultos que estábamos allí lanzamos un grito ahogado, un temor nos invadió al instante. Los padres llamaron su atención explicándole por qué no debía hacerlo más. Él siguió jugando.
Mi hermano me miró y me dijo: “Es que él no le tiene miedo a nada”. Luego reflexionó: “Eso es bueno y malo”. Asentí, sonreímos y seguimos conversando.
Ese salto fue, sin dudas, un peligro real. No imaginario. Esa escena me llevó a pensar en el miedo, en esta reflexión y en un recuerdo de mi infancia.
Cuando tenía apenas 3 años estaba en una piscina con mis padres. Mi papá salió caminando para tirarse de cabeza en la parte honda y nadar. Yo tuve la impulsiva idea de ir detrás de él y al llegar al borde, miré el fondo y me lancé; no daba pie, no sabía nadar, mi papá no me había visto y mi mamá se había quedado paralizada, sin poder hablar o moverse, con los ojos clavados en el vacío que yo había dejado en el borde de la piscina después de tirarme al agua. Un hombre me sacó muy rápido y no pasó nada, todo quedó en un susto y al volver de las vacaciones, me inscribieron en una escuela de ballet acuático donde me enseñaron a nadar.
Mi sobrino y yo, aunque a diferentes edades, compartimos en esos momentos no solo el desconocimiento del miedo, sino la ausencia de imaginar las cosas que podían pasarnos en esas circunstancias.
¿Y si traemos de vuelta esa parte de la infancia? No el desconocimiento ante el peligro real, por supuesto, sino precisamente esa falta de suposiciones. Si logramos dejar de reaccionar con esa mayoría de pensamiento, que nunca se vuelve realidad, cuando enfrentamos lo desconocido ¿sería más fácil confiar? ¿estaríamos confiando ya?.
La confianza como antónimo del miedo.
¿Tenemos miedo porque no confiamos?
¿Es en nosotros en quien no lo hacemos?
Solemos defraudarnos más a nosotros mismos que a cualquier otra persona que conozcamos. Si le decimos a alguien que haremos algo las probabilidades de cumplirlo son grandes, pero ¿por qué no es de la misma manera con nosotros? Innumerables veces nos proponemos empezar el lunes, el mes que viene, el próximo año, la próxima vez. Mañana sí, pero nos fallamos, una y otra vez. Puede que parezca inofensivo, ni siquiera pensamos en lo que estamos haciendo. Nos defraudamos. Nos mentimos. Nos fallamos. Y lo aceptamos sin resistencia. Nos prometemos algo pero no lo cumplimos y como si nada volvemos a repetir el mismo ciclo, sin detenernos. Dejamos pasar esto más de lo que se lo permitiríamos a cualquier persona; y sin notarlo, comenzamos a desconfiar de nosotros mismos.
Cuando no confías en alguien es mas fácil imaginar cosas. Si no confías en mí y te digo que te lances a la piscina, que cojas por ese camino, que tomes esa decisión, no lo harás y no solo eso sino que vas a imaginar un sinfín de situaciones en las que te pondrías si haces lo que te estoy diciendo. Ahora, imagina que no confías en ti.
Crecer no nos hizo menos peligrosos, por el contrario, nos trajo a una realidad donde no nos lanzamos ni a la piscina ni a ninguna parte, porque estamos demasiado ocupados, aterrados, atrapados en el temor de lo que podría ser. Sustituimos la imprudencia de la infancia hacia lo desconocido, no con la cautela que la adultez supone, sino con ansiedad e incertidumbre. Nos hemos defraudado tanto en el camino que nos detenemos ante cada obstáculo no para observarlo, sino para imaginar lo peor. Y reaccionamos, todo nuestro cuerpo y mente reacciona para defendernos de nuestros pensamientos, del ataque que nos estamos infringiendo, de amenazas que no existen. Crecer suponía poder identificar el obstáculo, el peligro real y seguir incluso aunque sucediese algo contrario a lo deseado.
¿O acaso todo lo que se sale de lo esperado se convierte en amenaza?
Si nos tratamos con el respeto que nos merecemos, sin defraudarnos, ¿confiaríamos en nosotros? ¿dejaríamos de imaginar situaciones ficticias en las que saldríamos perjudicados? ¿dejaríamos de estar en alerta innecesariamente? De ser así, el miedo solo sería una angustia por un riesgo o daño real, no imaginario.
¿Y si lo que sentimos no es miedo? ¿Podría ser falta de confianza?
Leave a comment