La vi por primera vez un lunes, cuando el sol apenas empezaba a calentar las aceras. Yo trabajaba abajo, en el local de la esquina, y mientras esperaba que abrieran la reja alcé la vista y allí estaba: en el balcón, con un vestido blanco y una taza entre las manos.
No fue el vestido lo que me llamó la atención, ni el cabello suelto que la brisa movía sin esfuerzo, sino la manera en que se sentaba: recta, con las piernas cruzadas y la cabeza recostada al respaldo de la silla, como si llevara años ensayando esa quietud. Ponía la taza siempre en un mueble al costado, intacta, mientras ella cerraba los ojos y se sumergía en un silencio que no era exactamente silencio: los audífonos la aislaban del mundo, y yo me quedaba allí, observando desde abajo, sin hacer ruido.
Al día siguiente salió otra vez, casi a la misma hora. Y al otro. No siempre puntual, pero siempre entre las siete y media y las nueve de la mañana. Diez minutos exactos, muy pocas veces menos. Después, se quitaba los audífonos, bebía un sorbo y volvía adentro.
No sé cuándo empecé a organizar mis mañanas para esperarla. Iba antes de lo necesario al trabajo, aunque no tuviera nada que hacer. El sábado no me correspondía estar allí, pero fui igual, solo por verla salir al balcón y acompañar su silencio. El domingo también. Su presencia se volvió mi rutina, como si esos diez minutos fueran el único orden verdadero del día.
Hasta que llegó ese domingo distinto.
Al mediodía, cuando el sol caía a plomo, la vi aparecer de nuevo. Pero no llevaba vestido blanco, ni audífonos, ni taza y tenía el cabello recogido. Se sentó de otra forma, encogida, apoyó los codos en las rodillas y escondió el rostro entre las manos. Y lloró.
Fue un llanto breve, silencioso desde donde yo estaba, pero tan intenso que el aire del balcón pareció quebrarse. Sentí que, sin querer, había visto demasiado.
El lunes la esperé. No salió.
El martes tampoco.
Pasó una semana.
Pude subir, preguntar, tocar alguna puerta. Pero no lo hice. Algo en mí prefirió no saber. El recuerdo del llanto era suficiente, y también insoportable.
Seguí yendo cada mañana, durante semanas, levantando la mirada hacia aquel espacio vacío.
Nunca más la vi.
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