Habitar la paz

Un refugio más allá de las emociones.

Cuando hablamos de emociones, solemos conjugarlas sin pensar demasiado: estoy feliz, estoy triste, estoy enamorado. Son verbos que se transforman, que admiten variaciones, que nos sitúan en un estado de ánimo pasajero. Pero cuando hablamos de paz, ocurre algo distinto, no la nombramos como emoción, solo existe una forma de expresarla: estoy en paz.
Igual que cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en la playa”. Allí es donde surge la diferencia: la paz no se siente como una emoción, se habita como un espacio.

Entre emociones y lugares

Los sentimientos describen algo que cambia y fluctúa: la alegría dura un instante, la tristeza se disuelve, la rabia se extingue. La diferencia parece sutil, pero no lo es.
Un lugar, en cambio, se puede elegir y permanecer en él.
De ahí que pueda decir: estoy triste, pero estoy en paz. Estoy feliz, pero estoy en paz. Porque la paz no depende de lo que siento, sino del espacio interior que decido habitar.
Y así como decido quedarme en casa aunque afuera llueva, puedo decidir permanecer en paz aunque dentro de mí haya tormenta. No depende de lo que siento, sino de dónde decido estar. Y ese “estar” es más parecido a habitar que a sentir.

Lo visible y lo invisible

Cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en el parque”, la mente lo ubica enseguida. Incluso si nunca hemos estado allí, podemos imaginarlo. Lo físico es fácil de describir, de representar, de asociar a imágenes o recuerdos.
La paz, en cambio, no es un lugar físico. No tiene paredes ni ventanas. No puedo señalarla en un mapa ni mostrarle a alguien dónde queda. Y tal vez por eso nos resulta difícil a veces encontrarla, incluso cuando la necesitamos.
¿Cómo se llega a un lugar que no se ve? ¿Cómo se describe un espacio que no tiene forma?

La geografía interior

Quizás la paz sea eso: una geografía interior. Un territorio sin coordenadas físicas, pero con caminos que aprendemos a recorrer. Rutas que, una vez reconocidas, nos permiten volver siempre.
Podemos construir nuestro propio mapa invisible: la respiración, un silencio breve, una pausa consciente, una oración, un recuerdo que nos centra. Cada cual encuentra las puertas de regreso.
La paz está allí, como una casa abierta. No afuera, sino dentro. No en lo que sentimos, sino en lo que decidimos habitar.

Para pensar

¿Qué rituales, pensamientos o momentos me hacen sentir en paz?
¿Qué me ayuda a volver cuando me alejo?
¿Y si empiezo a ver la paz no como una emoción frágil, sino como un hogar al que puedo regresar siempre?

La paz no depende de lo que siento, no se conjuga, se habita.

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