La ventana

Alcé la mirada y lo vi allí, parado en la ventana del pasillo, como si el mundo entero se hubiera detenido justo detrás del vidrio. Nunca lo había visto así. Él, que siempre caminaba rápido, que siempre saludaba con una sonrisa grande y una energía que llenaba cualquier espacio, estaba quieto. Quieto de una forma que inquietaba.
Miraba hacia afuera con la cabeza ligeramente inclinada, como si el cielo le estuviera diciendo algo que solo él podía escuchar. Tenía los hombros caídos, las manos sueltas a los costados.
Hacía meses que lo veía caminar cabizbajo, arrastrando los pies. Nadie sabía nada. O nadie decía nada. Pero todos murmuraban lo mismo: que algo tenía, que no era normal verlo así. Nadie se atrevía a preguntarle, tal vez por miedo a la respuesta, o por respeto a ese silencio que él mismo parecía haber elegido.
Pero ese día, verlo ahí, quieto como nunca, me golpeó distinto. Parecía suspendido en el tiempo, atrapado entre la ventana y la vida. Como si solo necesitara un minuto para sostenerse, para entender, para respirar.
Cuando me vio, giró apenas la cabeza. Sus ojos no tenían brillo, pero tenían profundidad. Una hondura que me atravesó. Era como mirar un pozo donde vive algo que no se dice. Algo que duele. Algo que espera.
Con una voz que no era la suya, con un hilo de aire que parecía escaparse en cada palabra, dijo:
—El día está hermoso.
Así, simplemente.
Como quien señala una flor antes de irse.
Como quien se aferra a un rayo de luz para no pensar en la sombra.
Yo le respondí que sí, que lo estaba, e intenté hacer una broma torpe, como para suavizar el momento, para regresarlo unos segundos a la alegría que siempre llevaba puesta. Pero él apenas sonrió.
Y volvió a mirar hacia afuera.
Hacia el cielo.
Hacia algo que nosotros no vemos.
Me quedé pensando en su postura, en esa fragilidad que nunca le había visto, en el modo en que parecía abrazar el universo con la mirada. Como si quisiera respirar un poco más de ese aire de afuera, como si supiera que los días a veces se aceleran.
Parecía un hombre intentando sostenerse en un último instante de calma.
Un hombre que, aun sin brillo en los ojos, tenía una profundidad que hablaba de ganas de seguir viviendo.
Caminé por el pasillo con un nudo en el pecho, sabiendo que algo en él había cambiado. O que algo en mí había entendido.
Desde ese día tengo esta imagen clavada en la mente: él parado frente a la ventana, mirando hacia el cielo, como si lo que buscara allí no fuera el cielo, sino una razón. Una pausa. Un abrazo. Una señal.

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