Una vez tuve un amor:
un amigo,
un amante,
mi alma gemela,
mi espejo,
mi confesor.
Pero no había espacio para él.
Traté de hacerlo,
a la fuerza,
rompiendo algo,
sin preguntar siquiera
si quería quedarse.
Y comenzó su vaivén,
cada vez más fuerte,
más intenso,
desgarrándome.
Cerraba los ojos
intentando sostenerlo,
pero no pude.
Pasó el tiempo.
Bajé la vista,
se encorvaron mis hombros
y mis manos comenzaron a abrirse,
dejándolo ir.
Una vez tuve una flor,
el amor de mi vida,
mi mejor canción.
Pero no había espacio:
ni para ella,
ni para mí,
ni para los dos.
Y me volví loco.
Corrí de un lado a otro,
torpe,
imprudente.
El aire apretaba mi cuello.
Respiraba hondo.
Corrí más fuerte
y por no romper mi casa,
rompí la suya.
Pero no lograba encontrar
un espacio para los dos.
Me detuve.
No me miraba.
Tenía la cabeza baja.
Se encorvaban sus hombros,
y sus manos me soltaban.
Intenté alejarme,
pero no pude.
Me quedé inerte,
ahogado.
Vi los escombros de su casa,
mientras la mía tenía luces.
Y solo pude,
con el alma rota,
ver cómo ella se alejaba.
Leave a comment