Días atrás, sin pensarlo, hice una pequeña explosión en la cocina. Puse a hervir agua con jengibre y, cuando la tetera empezó a sonar, vertí el agua en un pomo de cristal. Al tocarlo sentí que estaba demasiado caliente, así que abrí la llave del fregadero y le eché agua fría por fuera. Entonces escuché el sonido: crack. No se hizo pedazos, no explotó; solo se rajó. El agua salió por la herida como si el vidrio hubiera suspirado.
Más tarde, en la ducha, con el agua caliente cayendo sobre la piel, volví a pensar en el pomo. Recordé también un video que había visto días atrás: un parabrisas cubierto de nieve, alguien intentando descongelarlo con agua caliente, el cristal resquebrajándose en segundos. Me inquietó lo mismo en ambos casos: lo frágil que puede ser un material cuando el frío y el calor llegan demasiado rápido, cuando no hay tiempo para adaptarse.
Busqué el nombre: choque térmico. Ocurre cuando una superficie cambia de temperatura de forma brusca y el interior no logra acompañar ese cambio. Una parte se expande, la otra se contrae, la tensión se acumula y el material no resiste. Se rompe. Es una reacción física, por estrés térmico.
Y así somos a veces frente a los cambios abruptos. Amores que llegan ardiendo a un corazón que todavía está helado. Palabras frías sobre una piel que venía caliente. Silencios que aparecen donde antes había ruido. Despedidas que irrumpen donde creíamos que había un futuro. Novedades que nos exigen reaccionar más rápido de lo que podemos. Hay almas que se rajan por dentro igual que un pomo de cristal bajo el agua fría, no porque sean débiles, sino porque nadie debería tener que soportar transformaciones tan extremas en tan poco tiempo.
Tal vez por eso, con algunas cosas, necesitamos cambiar despacio. Dejar que la vida se acomode a nuestro ritmo, darnos margen para expandirnos o contraernos sin rompernos. No obligarnos a resistir temperaturas que no sabemos manejar. Porque incluso lo que parece firme puede quebrarse si no tiene tiempo de adaptarse.
Y como el cristal, una grieta no siempre significa destrucción. A veces es solo el cuerpo —o el alma— diciendo: me dolió el cambio.
¿Has sentido alguna vez un choque térmico emocional?
Leave a comment