Tiempo

Me tenía que ir. No podía quedarme quieto. Y aun así hice lo imposible por permanecer en ese instante. Uno que no era el primero, tampoco el último, pero sí el único que parecía pedir silencio, que pedía ser sostenido como si fuera un mundo entero. Me quedé allí el mayor rato que pude, aferrado a la idea absurda de que algunos gestos merecen durar más que otros. Ese beso, por ejemplo. Ese temblor suave que no sabía si nacía en ella o en él, o en eso que nunca dicen y sin embargo se oye.

Pero todo tiene un límite, incluso lo que parece eterno. Y tuve que seguir. Seguí con la torpeza de quien sabe que al detenerse demasiado desordena algo, rompe algo, cobra un precio que no siempre se ve.

Más tarde, cuando ella lo miró —no como antes, no con deseo, ni con miedo, ni con costumbre— sino con esa claridad que corta, me escapé. No pude hacer otra cosa. Ella tardó una vida en llegar a ese punto y, sin embargo, ocurrió en un parpadeo. No sabría decir cuándo fue, en qué segundo exacto dejó de luchar contra todo lo que sentía por él. Solo sé que lo amaba. Y que aun así ya no quiso más.

Había recaído tantas veces que parecía imposible llegar ahí. Y sin embargo llegó. Algo dentro de ella dijo basta sin pedir permiso, sin temblar, sin avisar.

Yo traté de alargar ese momento también, de hacerlo más lento, más respirable. Pero no hay nada que pueda sostenerse cuando un corazón por fin decide cerrarse. Lo que no pude detener más en el beso tampoco pude retener en la despedida silenciosa. Todo ocurrió de golpe: un latido, una mirada firme, una certeza que cayó como un portazo suave.

Y entonces seguí. Tenía que hacerlo. Ella también.

Leave a comment

Blog at WordPress.com.

Up ↑