Tiempo

Me tenía que ir. No podía quedarme quieto. Y aun así hice lo imposible por permanecer en ese instante. Uno que no era el primero, tampoco el último, pero sí el único que parecía pedir silencio, que pedía ser sostenido como si fuera un mundo entero. Me quedé allí el mayor rato que pude, aferrado a la idea absurda de que algunos gestos merecen durar más que otros. Ese beso, por ejemplo. Ese temblor suave que no sabía si nacía en ella o en él, o en eso que nunca dicen y sin embargo se oye.

Pero todo tiene un límite, incluso lo que parece eterno. Y tuve que seguir. Seguí con la torpeza de quien sabe que al detenerse demasiado desordena algo, rompe algo, cobra un precio que no siempre se ve.

Más tarde, cuando ella lo miró —no como antes, no con deseo, ni con miedo, ni con costumbre— sino con esa claridad que corta, me escapé. No pude hacer otra cosa. Ella tardó una vida en llegar a ese punto y, sin embargo, ocurrió en un parpadeo. No sabría decir cuándo fue, en qué segundo exacto dejó de luchar contra todo lo que sentía por él. Solo sé que lo amaba. Y que aun así ya no quiso más.

Había recaído tantas veces que parecía imposible llegar ahí. Y sin embargo llegó. Algo dentro de ella dijo basta sin pedir permiso, sin temblar, sin avisar.

Yo traté de alargar ese momento también, de hacerlo más lento, más respirable. Pero no hay nada que pueda sostenerse cuando un corazón por fin decide cerrarse. Lo que no pude detener más en el beso tampoco pude retener en la despedida silenciosa. Todo ocurrió de golpe: un latido, una mirada firme, una certeza que cayó como un portazo suave.

Y entonces seguí. Tenía que hacerlo. Ella también.

Dos pisos

Entraron en silencio al ascensor.
Dos pisos. Solo dos. Pero parecían suficientes para desordenarlo todo.

Él llevaba un pantalón gris y una camisa azul cielo que hacía resaltar sus ojos color miel. Las pestañas largas, la barba oscura, esa sonrisa de niño que a veces se le escapaba sin permiso. Estaba recostado a la pared, la espalda apoyada, un pie cruzado delante del otro, las manos entrelazadas como si así pudiera mantenerse quieto, como si no moverse fuera una forma de obediencia.

Ella iba de negro. Los zapatos color vino —los que a él le gustaban— relucían apenas bajo la luz amarilla del ascensor. El cabello suelto, el perfume que compartían sin haberlo dicho nunca en voz alta. Estaba de pie junto a los botones, demasiado consciente de la cercanía, demasiado consciente de todo lo que ya no podía fingir que no existía.

Se demoró un segundo más de lo necesario antes de presionar el “1”.
Dos pisos.
Tan pocos para no escapar.
Suficientes para recordar.

Mientras las puertas se cerraban, ella se colocó el cabello detrás de la oreja. No era un gesto seductor; era un gesto antiguo, automático, uno que ya había hecho antes, cuando todavía no dolía tanto. Él lo siguió con los ojos, con esa atención que no pide permiso.

Ella pensó en todas las veces que habían estado así: solos, cerca, lejos. En los lugares donde tampoco pasó nada, en las decisiones que sí se tomaron aunque nadie las viera. Pensó en lo que había cruzado, en lo difícil que era ahora volver atrás, en lo caro que se paga aprender a tiempo.

Él la miraba fijo. No pensaba en el futuro ni en las consecuencias. Solo en el cuerpo que tenía enfrente y en todo lo que estaría dispuesto a perder con tal de no soltarlo. La amaba sin cálculo, sin prudencia, con esa clase de amor que no entiende de límites ni de nombres correctos.

El ascensor avanzaba.
El aire parecía más denso.
La distancia entre ellos no se acortó, pero tampoco creció. Era exacta. Cruelmente exacta.

Ella levantó la vista hasta encontrar sus ojos. No dijeron nada. Apenas pestañearon. Él pensó en besarla. Ella pensó en todo lo que tendría que romper para permitirlo. El cuerpo de él avanzó solo en el pensamiento; el de ella se quedó sosteniendo la frontera.

Los dos pisos duraron demasiado.
O muy poco.
El viaje más largo que nunca hicieron juntos.

Llegaron al primer piso.
La puerta se abrió.

Salieron.

Y no pasó nada.

No vivieron nada juntos, como ella había imaginado alguna vez.
No se besaron, como él hubiera querido, incluso a escondidas, incluso así.

Ella caminó primero.
Él la siguió con la mirada un segundo más de lo prudente.

Solo dos pisos.
A veces eso es todo lo que dura una historia que existe únicamente en lo que no se hizo.

Vivir

Lloro
y no son mías estas lágrimas.
Ha cerrado la angustia
mi garganta.

Se ahonda el pecho
creando un vacío infinito.

Invade
sutilmente la tristeza
todo el cuerpo
sin dejar espacio
para nada más.

Sostengo un segundo prestado,
la mirada nublada.

Lágrimas de futuro
se abren paso
en un rostro que no reconozco.

Se adueña de mí,
de pronto:
lo que no ha pasado,
lo que está por venir,
lo que no sé si me tocará sufrir.

Y ya no sé si sé vivir.

El sonido de una grieta

Días atrás, sin pensarlo, hice una pequeña explosión en la cocina. Puse a hervir agua con jengibre y, cuando la tetera empezó a sonar, vertí el agua en un pomo de cristal. Al tocarlo sentí que estaba demasiado caliente, así que abrí la llave del fregadero y le eché agua fría por fuera. Entonces escuché el sonido: crack. No se hizo pedazos, no explotó; solo se rajó. El agua salió por la herida como si el vidrio hubiera suspirado.

Más tarde, en la ducha, con el agua caliente cayendo sobre la piel, volví a pensar en el pomo. Recordé también un video que había visto días atrás: un parabrisas cubierto de nieve, alguien intentando descongelarlo con agua caliente, el cristal resquebrajándose en segundos. Me inquietó lo mismo en ambos casos: lo frágil que puede ser un material cuando el frío y el calor llegan demasiado rápido, cuando no hay tiempo para adaptarse.

Busqué el nombre: choque térmico. Ocurre cuando una superficie cambia de temperatura de forma brusca y el interior no logra acompañar ese cambio. Una parte se expande, la otra se contrae, la tensión se acumula y el material no resiste. Se rompe. Es una reacción física, por estrés térmico.

Y así somos a veces frente a los cambios abruptos. Amores que llegan ardiendo a un corazón que todavía está helado. Palabras frías sobre una piel que venía caliente. Silencios que aparecen donde antes había ruido. Despedidas que irrumpen donde creíamos que había un futuro. Novedades que nos exigen reaccionar más rápido de lo que podemos. Hay almas que se rajan por dentro igual que un pomo de cristal bajo el agua fría, no porque sean débiles, sino porque nadie debería tener que soportar transformaciones tan extremas en tan poco tiempo.

Tal vez por eso, con algunas cosas, necesitamos cambiar despacio. Dejar que la vida se acomode a nuestro ritmo, darnos margen para expandirnos o contraernos sin rompernos. No obligarnos a resistir temperaturas que no sabemos manejar. Porque incluso lo que parece firme puede quebrarse si no tiene tiempo de adaptarse.

Y como el cristal, una grieta no siempre significa destrucción. A veces es solo el cuerpo —o el alma— diciendo: me dolió el cambio.

¿Has sentido alguna vez un choque térmico emocional?

Inhabitables

Una vez tuve un amor:
un amigo,
un amante,
mi alma gemela,
mi espejo,
mi confesor.

Pero no había espacio para él.

Traté de hacerlo,
a la fuerza,
rompiendo algo,
sin preguntar siquiera
si quería quedarse.

Y comenzó su vaivén,
cada vez más fuerte,
más intenso,
desgarrándome.

Cerraba los ojos
intentando sostenerlo,
pero no pude.

Pasó el tiempo.
Bajé la vista,
se encorvaron mis hombros
y mis manos comenzaron a abrirse,
dejándolo ir.


Una vez tuve una flor,
el amor de mi vida,
mi mejor canción.

Pero no había espacio:
ni para ella,
ni para mí,
ni para los dos.

Y me volví loco.

Corrí de un lado a otro,
torpe,
imprudente.

El aire apretaba mi cuello.
Respiraba hondo.

Corrí más fuerte
y por no romper mi casa,
rompí la suya.

Pero no lograba encontrar
un espacio para los dos.

Me detuve.
No me miraba.
Tenía la cabeza baja.
Se encorvaban sus hombros,
y sus manos me soltaban.

Intenté alejarme,
pero no pude.

Me quedé inerte,
ahogado.

Vi los escombros de su casa,
mientras la mía tenía luces.

Y solo pude,
con el alma rota,
ver cómo ella se alejaba.

La ventana

Alcé la mirada y lo vi allí, parado en la ventana del pasillo, como si el mundo entero se hubiera detenido justo detrás del vidrio. Nunca lo había visto así. Él, que siempre caminaba rápido, que siempre saludaba con una sonrisa grande y una energía que llenaba cualquier espacio, estaba quieto. Quieto de una forma que inquietaba.
Miraba hacia afuera con la cabeza ligeramente inclinada, como si el cielo le estuviera diciendo algo que solo él podía escuchar. Tenía los hombros caídos, las manos sueltas a los costados.
Hacía meses que lo veía caminar cabizbajo, arrastrando los pies. Nadie sabía nada. O nadie decía nada. Pero todos murmuraban lo mismo: que algo tenía, que no era normal verlo así. Nadie se atrevía a preguntarle, tal vez por miedo a la respuesta, o por respeto a ese silencio que él mismo parecía haber elegido.
Pero ese día, verlo ahí, quieto como nunca, me golpeó distinto. Parecía suspendido en el tiempo, atrapado entre la ventana y la vida. Como si solo necesitara un minuto para sostenerse, para entender, para respirar.
Cuando me vio, giró apenas la cabeza. Sus ojos no tenían brillo, pero tenían profundidad. Una hondura que me atravesó. Era como mirar un pozo donde vive algo que no se dice. Algo que duele. Algo que espera.
Con una voz que no era la suya, con un hilo de aire que parecía escaparse en cada palabra, dijo:
—El día está hermoso.
Así, simplemente.
Como quien señala una flor antes de irse.
Como quien se aferra a un rayo de luz para no pensar en la sombra.
Yo le respondí que sí, que lo estaba, e intenté hacer una broma torpe, como para suavizar el momento, para regresarlo unos segundos a la alegría que siempre llevaba puesta. Pero él apenas sonrió.
Y volvió a mirar hacia afuera.
Hacia el cielo.
Hacia algo que nosotros no vemos.
Me quedé pensando en su postura, en esa fragilidad que nunca le había visto, en el modo en que parecía abrazar el universo con la mirada. Como si quisiera respirar un poco más de ese aire de afuera, como si supiera que los días a veces se aceleran.
Parecía un hombre intentando sostenerse en un último instante de calma.
Un hombre que, aun sin brillo en los ojos, tenía una profundidad que hablaba de ganas de seguir viviendo.
Caminé por el pasillo con un nudo en el pecho, sabiendo que algo en él había cambiado. O que algo en mí había entendido.
Desde ese día tengo esta imagen clavada en la mente: él parado frente a la ventana, mirando hacia el cielo, como si lo que buscara allí no fuera el cielo, sino una razón. Una pausa. Un abrazo. Una señal.

La luz de su mirada

Las luces del parqueo son automáticas:
se encienden cuando detectan cierta oscuridad.
No siempre a la misma hora,
pero siempre solas.

Yo estaba en mi carro, revisando el teléfono
antes de salir para la casa.
Alzo la vista y la veo.

Venía caminando con la cabeza un poco baja,
la mirada hacia el suelo,
no lo suficiente como para ver sus pies,
pero sí para ver sus próximos pasos.

Me quedo observándola.
Y de pronto siento un silencio distinto
como nunca antes.

Las luces siguen apagadas,
se está haciendo de noche,
Y justo cuando ella alza la cabeza,
cuando mira hacia arriba,
las luces se encienden.”

Ella sonríe
y sigue caminando,
ya no cabizbaja,
sino con la mirada al frente,
al horizonte,
y una sonrisa dibujada.

Yo también sonrío.
Sé que las luces son automáticas,
que se encienden cuando la oscuridad llega,
pero elijo pensar
que hoy se encendieron por la luz de su mirada.

En el instante exacto que alzó la vista,
las luces se encendieron.
Y hoy —solo hoy—
no respondieron a la oscuridad.

Hoy las luces se encendieron por ella,
como me encendí yo,
cuando la vi.

Quien ve más, decide mejor

El verdadero sentido del conocimiento como poder

Hay frases que escuchamos toda la vida como si fueran verdades evidentes, pero que rara vez nos detenemos a mirar por dentro.

“El conocimiento es poder” es una de ellas.

Crecimos oyéndola en discursos, libros, conversaciones, incluso en motivadores que prometen éxito rápido. Pero casi siempre estuvo asociada a un tipo de poder: el que se ejerce sobre otros. Poder como dominio, influencia, jerarquía, autoridad. El poder que sube a unos y baja a otros.

Ese no es el poder del que quiero hablar. Porque existe otro poder. Uno más íntimo, más silencioso, más humano. Un poder que no se alza, sino que se expande. Un poder que no te pone por encima de nadie, sino dentro de ti. Ese poder nace del conocimiento.


Las palabras importan

Si vamos a hablar de conocimiento y poder, vale la pena empezar por lo que realmente significan.

La RAE define poder como “tener expedita la facultad o potencia de hacer algo” y también como “tener facilidad, tiempo o lugar para hacer algo”.

Ese es el poder que me interesa: la capacidad interna de hacer.

La potencia. La posibilidad.

No el poder como jerarquía, sino como competencia. No el poder sobre otros, sino el poder de uno mismo.

Y aquí hay un detalle fascinante: esta acepción de poder no tiene antónimo. 

No existe un “despoder”. No existe un “anti-poder”. Porque el poder interno no se opone a nada: simplemente está, aunque a veces dormido, aunque a veces no lo usemos.

El poder del que hablo es la fuerza que se activa cuando entiendes algo. Es el poder de saber cómo. Es ese momento en que ves con claridad lo que antes era niebla.

Porque cuando ves más, decides mejor.


¿Y qué es el conocimiento?

La RAE define conocimiento como “la acción y efecto de conocer”, y conocer como “averiguar la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas”.

Es decir: entender. 

Discernir. Darte cuenta. Nombrar lo que antes no sabías cómo pensar. El conocimiento no es acumular datos. No es repetir información. No es saber de memoria.

Conocer es descubrir las relaciones invisibles. Es comprender cómo funciona algo —una emoción, un hábito, una historia, una parte de ti— y a partir de ahí abrir un poco más tu capacidad de elegir.

El conocimiento es una forma de visión. Y la visión, siempre, genera poder interno.


Un poco de historia

La frase “el conocimiento es poder” se hizo famosa gracias a Francis Bacon, un filósofo inglés del siglo XVI que vivió en un momento de transición entre la Edad Media y el nacimiento de la ciencia moderna.
El mundo comenzaba a romper supersticiones, a observar la naturaleza, a buscar explicaciones basadas en la experiencia y no en la autoridad.

En ese contexto, Bacon escribió scientia potentia est, que más tarde se tradujo como “el conocimiento es poder”.

Pero Bacon no hablaba del poder político. Ni del poder de controlar a otros. Hablaba del poder que surge cuando entendemos cómo funciona la realidad. Para él, conocer era la manera de transformar la vida humana: desde el cultivo de alimentos hasta la medicina, la navegación, la ciencia y la filosofía.

Es decir: conocimiento como capacidad, como herramienta para mejorar la existencia.
Justo la interpretación que quiero recuperar.


Recuperar el sentido humano del poder

Cuando entendemos algo, incluso algo pequeño, algo en nosotros se enciende. Comprender nos ordena. Nos da aire. Nos abre el mapa. Nos hace sentir menos a la deriva.

Conocer cómo manejamos nuestras emociones nos da poder emocional.

Conocer cómo funcionan nuestros hábitos nos da poder para cambiarlos.

Conocer nuestras heridas nos permite nombrarlas, tratarlas, acompañarlas.

Conocer cómo funciona nuestro cuerpo nos ayuda a cuidarlo mejor.

Conocer nuestras relaciones nos da poder para poner límites sanos o acercarnos de manera consciente.

Y no es que el conocimiento lo resuelva todo. Pero sí nos da algo fundamental: la posibilidad de elegir con más claridad.

No reaccionas igual cuando entiendes qué te pasa.

No decides igual cuando ves más allá de la superficie.

No caminas igual cuando sabes dónde estás parada.

Por eso, el conocimiento es poder: porque ilumina. Porque expande. Porque te devuelve el timón.


El poder del que no hablo

No es el poder que aplasta, manda o domina.

No es el poder que confunde control con fortaleza.

No es ese poder que necesita estar por encima para sentirse válido.

Ese poder será tema de otro artículo —quizás uno sobre ignorancia, manipulación y libertad.

Este texto es sobre el poder que te habita.

El que no depende de nadie.

El que no se exhibe.

El que no compite.

El poder que crece cuando te entiendes.

El poder que nace cuando aprendes.

El poder que surge cuando ves más.

Y por eso…

Quien ve más, decide mejor.

Quien conoce, elige con conciencia.

Quien entiende, se vuelve más libre. No para vivir por encima de otros, sino para vivir más hondamente dentro de sí.

El conocimiento es poder porque te devuelve la posibilidad de construir tu vida desde un lugar más amplio, más lúcido, más tuyo.

Y cada vez que aprendes algo —por pequeño que sea— un pedacito de tu mundo interno se expande. Ese es el poder del que quiero hablar. Ese es el poder que importa.

Jazmín

He sentido tu aroma en mis labios
y he podido saborear tu recuerdo.
No sabía que eras tú
pero he cerrado los ojos,
no hay forma de olvidarte, sí eres.
Nunca antes te había probado.

Han pasado muchos años
y todavía te menciono.
Casi todos han escuchado una historia tuya.
Sonrío siempre que hablo de ti.

Siento tanta nostalgia.
Me fui sin despedirme,
me pregunto si seguirás allí.

Las noches más simples las viví contigo,
cuando respirarte lo era todo.

Fuiste testigo silencioso
sombra de nuestra felicidad,
de los altos y bajos.
Nos acompañaste cuando éramos todos
cuando estábamos completos.

Antes de rompernos vivimos a tu lado.

Iré a verte de nuevo, no sé si te encontraré
de no hacerlo le hablaré a tu recuerdo,
a tus raíces que un día fueron las nuestras.
Te contaré que estamos todos lejos,
que algunos ya se fueron.
Te hablaré de los que no conoces,
los más nuevos, los que llegaron luego.

Puede que no estés pero un día iré.

Verás como han pasado los años
y puede que reconozcas en mi rostro
algunos rasgos de quienes llegaron primero.
Lloraré y reiré y sin parar, con nostalgia,
paz, añoranza y anhelo.

Te respiraré por última vez aunque no te pueda ver.
Me aferraré a tu recuerdo ahora que nosotros
como ellos, también nos estamos quedando sin tiempo.

Brazos más grandes que el dolor

Lo primero fue la mirada.
Cada uno en la sala del apartamento de enfrente, las personas pasando, hablando y ellos mirándose, sin conocerse. En los pasillos de la universidad, en la biblioteca, en cualquier lugar donde el azar los cruzara, se buscaban los ojos como si allí estuviera todo. No hicieron falta palabras: bastaba con sostenerse un segundo más de lo permitido para que algo se encendiera.
Él tenía novia. Ella tenía novio. Y quizás por eso aquella complicidad se volvió un secreto, una llama que nunca se apagaba del todo. Pasaron meses, años incluso, viviendo de ese juego invisible: encontrarse, mirarse, fingir indiferencia mientras por dentro ardían.
Cuando al fin quedaron libres, después de dos años, se acercaron. Y fue como abrir la puerta de golpe a un viento que nadie sabe cómo detener. El amor fue brutal, desbordado. Se buscaban con hambre, como si el tiempo perdido pudiera recuperarse en un abrazo. Hicieron juntos cosas que jamás habían hecho con nadie más. Era intenso, nuevo, feroz.
Pero también caótico. Él era celoso, incapaz de sostener tanta entrega sin miedo a perderla. Ella lo amaba, pero se agotaba en la desconfianza, en las discusiones que terminaban rompiéndolos una y otra vez. Se separaban, volvían, se herían y se curaban, solo para herirse de nuevo. Hasta que un día ella se cansó y lo dejó.
La universidad se convirtió entonces en un laberinto de encuentros dolorosos. Él la veía en todas partes: en los pasillos, en las clases, en la cafetería. Cada aparición era un recordatorio de lo que ya no tenía. Intentó recuperarla, pero lo único que logró fue alejarla más con sus dudas y sus reclamos.
En ese tiempo se refugió en su madre. La llamaba cada día, a veces lloraba sin consuelo. Volvía a casa, se sentaba a su lado, la abrazaba como un niño que necesita brazos más grandes que el dolor. Ella lo escuchaba, lo acariciaba, pero estaba preocupada: nunca lo había visto tan roto, tan vulnerable.
Los años de universidad pasaron, y con ellos también aquella historia. Ella siguió su camino. Él también.
Quedaron con una herida que aprendieron a esconder.
Diez años después, un mensaje apareció en su teléfono.
Era ella.
Le preguntaba cómo estaba, que le gustaría verlo, aunque solo fuera para ponerse al día.
Él la leyó en silencio.
Ya tenía una familia, una vida distinta. Durante un instante pensó en responder con un “sí”. En verla, en comprobar qué había quedado de aquella muchacha que lo había marcado tanto. Pero enseguida sintió el peso del recuerdo: el caos, los celos, el desgarro. Todo volvió de golpe, como si no hubiera pasado el tiempo.
Escribió despacio:
“Espero que estés bien. Es mejor que no nos veamos.”
Y envió el mensaje.
Ella tardó en contestar, solo respondió con un “entiendo”.
Él dejó el teléfono a un lado, con el corazón latiendo como si tuviera veinte años otra vez. No era rencor lo que sentía, ni tampoco indiferencia. Era el reconocimiento de heridas que nunca cicatrizan, y que la única forma de sobrevivir a ellas es no volver a tocarlas.

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