—Santos y buenos días —dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. Como nadie pudo reconocer lo que vendría después. Como nadie puede reconocer lo que pasa ahora.
Lo sé todo —lo que dijiste después no importa, no importó, como no lo hizo todo lo que he dicho desde ese momento hasta ahora. No sabes nada y nunca lo sabrás, no lo sabe nadie, porque ni siquiera yo lo sé.
Yo estaba lejos de ti, solo tú y yo sabemos el por qué, aunque decíamos otras cosas, sobre todo tú, pero eso ya no importa. Estabas solo allí por vez primera durante tanto tiempo; ellos, todos, llevaban años viéndonos, deseando nuestras vidas por paradigmática que era nuestra relación, esperando que “el burro caiga para darle los palos”, pero no dejaron que cayera, simplemente lo tumbaron a palos.
Ese abrazo que me diste después de una larga semana hablándonos desde la ventana me supo a remordimiento, escuché en él un grito muy alto pidiendo perdón pero no dije nada, tú no habías gritado, tú solo me abrazabas. Horas separaron ese abrazo del beso de despedida, para mí venían unos días maravillosos aunque lejos de ti; tú debías alcanzarme pero decidiste no hacerlo y en cambio quedaste en nuestro lugar de siempre a esperarme, ellos se aprovecharon.
Así comenzó a llegar la muerte, viajando lenta y calculando todo, meses después pude entender que ella venía desde aquellos días de la ventana y que me daba la bienvenida en aquel abrazo, solo que en ese entonces no lo supe ver y tú no pudiste imaginar que fuera ella.
Tres palabras bastaron —lo sé todo— dijiste; nadie ha entendido tanto ni dicho tanto con ellas como lo dijiste tú y lo entendí yo. No importa lo que había detrás, sencillamente era el principio del final. Fue en vano intentar hablar mientras seguía la distancia de por medio, distancia de kilómetros, pero como todo, esta también terminó. Llegué de noche y pedí que te buscaran, viniste, nos abrazamos y a pesar de todo fue un abrazo lleno de amor, y lo sentimos; se había acabado la distancia, segundo después, volvió… al menos la de las almas, la de los corazones, la que hay entre dos miradas con rencor. No explicaste mucho, no dije casi nada, no era el momento, ahora es que puedo saberlo, en aquel instante no hablé porque no podía, porque no me dejabas.
Comenzaron a pasar los días, ya no estabas a mi lado, te veía siempre, en todos los lugares, no estabas solo, tardé poco en comprenderlo…me lo explicaron todo…hoy sé que no era todo, pero al menos me lo explicaron. Ni siquiera cuando aquella distancia estabas solo, ni siquiera cuando la ventana lo estabas ¿cómo pudiste? —como mismo pude yo, pensarías—, como mismo te habían dicho que no estaba sola hacía dos años.
Dicen que los amigos deben escogerse bien, yo hubiese jurado que aquella muchacha con cara de dibujo animado lo fue durante algún tiempo, pero la vida es caprichosa y resultó que aquella vez, cuando sentí que ella te miraba diferente, no estaba equivocada; tardaría tres años en darme cuenta. Ella tuvo la oportunidad y la aprovechó, justo en el momento donde más necesitabas creer en mí, me destruyó. Era mi mejor amiga, tenías que creerle, debía estar diciendo la verdad, nadie me conocía mejor que ella en ese lugar, le creíste.
Empezaron a pasar los días sin ti… empezaste a cambiar, hacías cosas que no… no importan ya, y lo puedo decir porque mucho tiempo después las hice yo y entendí que las hacemos para no pensar, para creernos que estamos bien. No puedo juzgarte porque también lo hice después.
Empecé a verte con ella, con ellas, pero no me preocupaban tanto, sabía que no eran nada más de lo que podían ser en ese momento en tu vida, que pasaban intentando llenar el vacío de un amor que no está y finalmente se iba sin poder hacerlo, no podían y tampoco las dejabas, me buscabas en cada gesto, en sus palabras, en sus ojos.
No me engañaste nunca, no a mí.
Yo dejé de estar sola, demasiado rápido, imprudentemente, haciéndote daño, haciéndole daño, haciéndome daño. Me veías, todo iba rápido, no lo aguantabas y me lo hacías saber, erré mucho; ignoré tu dolor, tu amor, tu rencor. Te empecé a convertir en lo que me mostraste aquella noche, solos los dos muy tarde con todos dormidos, el cielo de testigo y aquel juego que ayudaba a distraer tu atención de mis ojos.
Pero antes de que me vieras con él sabes que estuve ante ti, de tu mano ilusionada con tu perdón, sin poderte dar el mío por no saber lo que habías hecho. Caminamos de la mano, como antes, como siempre. Pero al terminar el día, destruiste mi felicidad. Era demasiado para ti, no podías caminar de mi mano delante de todos, destruiste todo dentro de mí.
Tu caos encontró el fin. Comenzaste a vivir lentamente, despacio, con ella. Había encontrado la manera de ir a tu paso y de esquivar lo que tanto buscabas de mí antes, supo estar y esperar; lo comencé a entender y una noche no pude más. Había perdido la razón y viniste a verme, me cuidabas todavía, lo seguiste haciendo en la distancia por muchos años después. Lloré frente a ti como lo hiciste tú un día, me miraste con calma, con ternura, como debí haberlo hecho antes, y me calmaste. Te marchaste y salí detrás de ti. Nos encontramos nuevamente en medio de la noche con el cielo de testigo y un silencio ensordecedor que nos envolvía, te miré a los ojos, con los míos llenos de lágrimas, logré controlar mi voz temblorosa y pregunté:
—¿Eres feliz?
— Sí —respondiste.
Y allí estaban de nuevo, solamente tres palabras, esta vez anunciando el final del fin. Nos miramos profundamente por última vez, sonreí, los dos dimos la vuelta y seguimos nuestros caminos.
Un tiempo después, un 14 de febrero, nos cruzaríamos de nuevo con la misma intensidad de aquella noche pero sin oscuridad y sin silencio, yo iba sola, tu ibas con ella, como antes conmigo en esas fechas, en todas. Para cuando pude darme cuenta era tarde y debía seguir mi rumbo, nos cruzamos todos y tú y yo lo sentimos. Sé que ese día sentimos un peso enorme, una nostalgia infinita y terminamos de soltarnos.
Luego te vi, realizando uno de tus sueños que planeamos juntos tanto tiempo y al final hicimos por separado, lloré mucho mientras hablabas y se me estrujó el corazón cuando la mencionaste a ella, pero fui feliz y te dejé ir para siempre ese día.
Dos años después nos volvimos a ver, tenías planes grandes y fuiste a contarme, conversamos mucho. Tres años después nos encontramos otra vez, estábamos cerca de nuevo; al final ella había quedado en el pasado y él también, sonreímos mucho, recordamos, conversamos… pero ya caminábamos de la mano de otros, sin embargo no fue un problema, no nos queríamos de esa manera. Pasaron los años, muchos años y el camino que empezó y terminó con tres palabras se fue borrando con el tiempo y empezamos a recordar todo lo que fuimos antes y después, todo lo que fuimos los dos. Se transformó nuestro amor en un vuelo alto que no tocaría tierra jamás, en un volar sin ti que a veces el viento fuerte sacude y parece que no vamos solos, porque no vamos solos, pero hablo de otra soledad.
Pero la muerte se tuvo que ir. Y mientras nos encontremos en el rincón de la noche oscura, en medio del sueño profundo —a veces por culpa, otras por amor—, no podrá volver jamás.