No tengo nada

No llega tu recuerdo,
en la noche más oscura,
a salvarme.

No llega tu risa,
en la soledad más pura,
a acompañarme.

No llega tu piel,
en el invierno más frío,
a abrigarme.

No llegan tus manos,
en el sendero más desierto,
a guiarme.

No llegan tus brazos,
en el desasosiego más profundos,
a abrazarme.

Solo detecta tu ser mi felicidad.
Conoces mi calma, mi centro.
Eres dueño del instante más eufórico.
Sabes dónde nace y muere mi paz.

Y aparece tu sombra
cuando todo está bien,
cuando no necesito nada más.

Se nubla mi vista
se estruja mi alma
paralizas mi risa
provocas mis lágrimas.

Y teniéndolo todo,
de pronto
no tengo nada.

Tú no estás.

Habitar la paz

Un refugio más allá de las emociones.

Cuando hablamos de emociones, solemos conjugarlas sin pensar demasiado: estoy feliz, estoy triste, estoy enamorado. Son verbos que se transforman, que admiten variaciones, que nos sitúan en un estado de ánimo pasajero. Pero cuando hablamos de paz, ocurre algo distinto, no la nombramos como emoción, solo existe una forma de expresarla: estoy en paz.
Igual que cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en la playa”. Allí es donde surge la diferencia: la paz no se siente como una emoción, se habita como un espacio.

Entre emociones y lugares

Los sentimientos describen algo que cambia y fluctúa: la alegría dura un instante, la tristeza se disuelve, la rabia se extingue. La diferencia parece sutil, pero no lo es.
Un lugar, en cambio, se puede elegir y permanecer en él.
De ahí que pueda decir: estoy triste, pero estoy en paz. Estoy feliz, pero estoy en paz. Porque la paz no depende de lo que siento, sino del espacio interior que decido habitar.
Y así como decido quedarme en casa aunque afuera llueva, puedo decidir permanecer en paz aunque dentro de mí haya tormenta. No depende de lo que siento, sino de dónde decido estar. Y ese “estar” es más parecido a habitar que a sentir.

Lo visible y lo invisible

Cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en el parque”, la mente lo ubica enseguida. Incluso si nunca hemos estado allí, podemos imaginarlo. Lo físico es fácil de describir, de representar, de asociar a imágenes o recuerdos.
La paz, en cambio, no es un lugar físico. No tiene paredes ni ventanas. No puedo señalarla en un mapa ni mostrarle a alguien dónde queda. Y tal vez por eso nos resulta difícil a veces encontrarla, incluso cuando la necesitamos.
¿Cómo se llega a un lugar que no se ve? ¿Cómo se describe un espacio que no tiene forma?

La geografía interior

Quizás la paz sea eso: una geografía interior. Un territorio sin coordenadas físicas, pero con caminos que aprendemos a recorrer. Rutas que, una vez reconocidas, nos permiten volver siempre.
Podemos construir nuestro propio mapa invisible: la respiración, un silencio breve, una pausa consciente, una oración, un recuerdo que nos centra. Cada cual encuentra las puertas de regreso.
La paz está allí, como una casa abierta. No afuera, sino dentro. No en lo que sentimos, sino en lo que decidimos habitar.

Para pensar

¿Qué rituales, pensamientos o momentos me hacen sentir en paz?
¿Qué me ayuda a volver cuando me alejo?
¿Y si empiezo a ver la paz no como una emoción frágil, sino como un hogar al que puedo regresar siempre?

La paz no depende de lo que siento, no se conjuga, se habita.

Diez minutos de silencio

La vi por primera vez un lunes, cuando el sol apenas empezaba a calentar las aceras. Yo trabajaba abajo, en el local de la esquina, y mientras esperaba que abrieran la reja alcé la vista y allí estaba: en el balcón, con un vestido blanco y una taza entre las manos.
No fue el vestido lo que me llamó la atención, ni el cabello suelto que la brisa movía sin esfuerzo, sino la manera en que se sentaba: recta, con las piernas cruzadas y la cabeza recostada al respaldo de la silla, como si llevara años ensayando esa quietud. Ponía la taza siempre en un mueble al costado, intacta, mientras ella cerraba los ojos y se sumergía en un silencio que no era exactamente silencio: los audífonos la aislaban del mundo, y yo me quedaba allí, observando desde abajo, sin hacer ruido.
Al día siguiente salió otra vez, casi a la misma hora. Y al otro. No siempre puntual, pero siempre entre las siete y media y las nueve de la mañana. Diez minutos exactos, muy pocas veces menos. Después, se quitaba los audífonos, bebía un sorbo y volvía adentro.

No sé cuándo empecé a organizar mis mañanas para esperarla. Iba antes de lo necesario al trabajo, aunque no tuviera nada que hacer. El sábado no me correspondía estar allí, pero fui igual, solo por verla salir al balcón y acompañar su silencio. El domingo también. Su presencia se volvió mi rutina, como si esos diez minutos fueran el único orden verdadero del día.
Hasta que llegó ese domingo distinto.
Al mediodía, cuando el sol caía a plomo, la vi aparecer de nuevo. Pero no llevaba vestido blanco, ni audífonos, ni taza y tenía el cabello recogido. Se sentó de otra forma, encogida, apoyó los codos en las rodillas y escondió el rostro entre las manos. Y lloró.
Fue un llanto breve, silencioso desde donde yo estaba, pero tan intenso que el aire del balcón pareció quebrarse. Sentí que, sin querer, había visto demasiado.

El lunes la esperé. No salió.
El martes tampoco.
Pasó una semana.

Pude subir, preguntar, tocar alguna puerta. Pero no lo hice. Algo en mí prefirió no saber. El recuerdo del llanto era suficiente, y también insoportable.
Seguí yendo cada mañana, durante semanas, levantando la mirada hacia aquel espacio vacío.

Nunca más la vi.

Paz

Aún no logro identificar ese sonido ensordecedor que llega hasta mi balcón cada mañana. Creo que sobresale por encima de todos los demás y, hasta hoy, es el más constante. Por más que creo ubicarlo con la vista, no encuentro su fuente. Debe ser el motor de algún vehículo o artefacto dispuesto a cortar o destruir algo. Quién sabe

También pasan aviones de vez en cuando, aunque este año han sido muchos menos. El claxon de los carros impacientes, que parecen atropellar el tiempo, resuena desde la otra vía —la avenida delantera del edificio, esa que no alcanzo a ver desde mi balcón, pero cuya agitación siempre me llega. No los veo, pero estoy convencida de su vaivén constante. Yo también he transitado esa vía; también hice sonar el claxon de mi carro. Que ya no es tan mío.

Las cosas han cambiado mucho desde la primera vez que me senté en este balcón, aún sin muebles. En aquel entonces nadie hubiera podido imaginar lo que estaríamos viviendo ahora, en este año.

El sol pica bien fuerte en la piel desde estas horas ya. Apenas marca el reloj las 10:07 de la mañana y puedo ver mi reflejo en la pantalla de la computadora; el sol esta castigando todo el lado izquierdo de mi cuerpo con un cálido abrazo. Será en respuesta a los años que llevamos castigándolo a él, como diría una amiga.

He logrado encontrar la sombra en la esquina del balcón, y prefiero seguir sentada aquí. Mirar hacia cualquier dirección detona miles de ideas en mi cabeza; en espacios cerrados, sucede cuando miro en mi interior. Pero hoy este balcón está contando un sinfín de historias.

Nueve carros ya están en el parqueo del casino, a mi derecha. Algunos días, en este año atípico, ese espacio estaba vacío; podíamos correr, caminar, hacer ejercicios, incluso montar bici. Los niños andaban por su libre albedrío; por un tiempo fue el único lugar de encuentro cuando nadie podía reunirse. Cuando hacerlo estaba prohibido —disfrazado de recomendación.
Hoy, sin embargo, los carros han regresado y no nos encontramos tanto. Ahora mismo creo divisar a un hombre caminando, cabizbajo. Quiero pensar que es el sol quien lo castiga.

Antes de buscar la computadora me acompañaban un libro y una taza de café. Allí está el libro, encima de la mesa, al lado derecho de la computadora; el viento pasa páginas ya leídas. La taza tiene bordes de café seco por el sol. Una silla vacía, como tantas veces, me mira directamente a los ojos. Antes, llegó alguien que la ocupó, pero solo pude sentir su presencia. Mirando a lo lejos sentí que llegaba, que se sentaba frente a mí. No desvié la mirada, no lo necesitaba: sabía que estaba allí. Solo quería hacerle una pregunta.

Creo que esta es la primera vez que me visito, o al menos que escribo sobre mis visitas. Han ocurrido a menudo pero nunca como hoy. He llegado —viniendo del futuro— y me he sentado frente a mi pasado, que hoy asumo como presente. Creo que todos hemos fantaseado con ver a nuestro yo más viejo, nuestro yo del futuro, y así poder entender si estamos en el camino correcto, o si, a fin de cuentas, podemos cambiar algo que nos lleve a otro lugar. De no estar satisfechos con el camino recorrido y contado por el yo del futuro. Como también hemos fantaseado con visitar al yo del pasado y regañarlo por alguna decisión que hoy creemos deberíamos cambiar. O tomarlo de la mano y guiarlo por el camino que hoy sabemos —o creemos saber— hubiera sido el correcto.

Aquí estuvo mi yo del futuro. Pensé cuidadosamente en hacerle las preguntas correctas; siempre he pensado en lo mismo. Siempre me he preguntado si voy por el camino que me llevará a estar, en el futuro, en un lugar placentero.
Pero solo pude hacerle una: —¿Estás en paz?— Y me ha mirado.
El viento acaba de cambiar de dirección, y ahora pasan páginas sin leer. El libro se llama Brida; no recuerdo haberlo mencionado.

Mi reflejo en la pantalla es oscuro; el sol no ilumina más desde hace unos segundos, al menos no directamente. Una nube sin grietas lo está cubriendo. La he mirado por unos segundo, tratando de encontrarle alguna figura; quizás de esta manera, sería más fácil que nos conectáramos y entendieran. Pero esta nube no tiene figura: es solo una nube grande, gris clara en el centro y blanca en sus bordes. Creo que tendré reflejo oscuro por algunos minutos más.

Pues una grieta en la nube —que antes, les aseguro, no estaba— ha dejado escapar rayos de sol nuevamente. Pasarán unos minutos antes de que salgamos de esa grieta, así que volveré a buscar la sombra en mi balcón.

La grieta está demorando en pasar y el sol cada vez castiga más. Se está quedando sin sombra mi balcón, sin café la taza, sin páginas el libro; sin reflejos la computadora y sin aliento yo.

“¿Estás en paz?” preguntaba el pasado, al mismo tiempo que mis labios se abrían para repetirlo al futuro. Y en ese instante entendí: mi futuro no respondió antes, porque ya estaba en paz. Y yo, mirando al pasado, también lo estaba.

Dejarte ir

No logro dejarte ir.

Cuando duermo a tu lado
pero no sueño contigo.
Cuando sueño contigo, noche tras noche,
pero nunca he dormido a tu lado.

Cuando te miro y siento que te quiero
pero ya no te amo.
Cuando te miro y sé que te amo.

Cuando camino sin tomar tu mano.
Cuando caminamos juntos anhelando entrelazarnos.

Cuando ya no hacemos el amor.
Cuando nos deseamos más que nunca,
sin siquiera tocarnos.

Cuando intento seguir.
Cuando me aferro a la pausa
esperando que sea el fin.

No logro dejarte ir
ni hablarte mirándote a lo ojos sin pensarte.
Y ya no sé si estoy mejor contigo o sin ti.

Se han fundido
y no he podido discernir en quién pensaba,
cuando esta mañana en silencio,
me he gritado —¡no logro dejarte ir!

¿Y si no es miedo?

Según la Real Academia Española (RAE), la palabra miedo proviene del latín metus que significa “temor”. La define como: angustia por un riesgo o daño real o imaginario; y también como: recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Entre sus antónimos destacan valor, valentía y confianza.

Entonces, ¿sería el miedo nuestra reacción o respuesta involuntaria ante lo desconocido? Esencialmente si discrepa de lo que esperamos o deseamos, si nos hace sentir en peligro o si lo consideramos una amenaza. ¿Bastaría con confiar más?

Según ha afirmado la psiquiatra española Marian Rojas Estapé, el 91.4% de las cosas que pensamos no suceden; sin embargo, nuestro cerebro no distingue entre una situación real y una imaginaria, llevando todo nuestro cuerpo a reaccionar de la misma manera ante ambas. Por lo que podríamos pensar que la mayor parte del tiempo que sentimos miedo y reaccionamos en consecuencia, potencialmente estaríamos equivocados, pero lo que experimentamos como reacción física, sería completamente real.

¡Los niños son un peligro! —se dice siempre que hacen algo que consideramos o que en efecto es peligroso, a consecuencia de no sentir o conocer el miedo. Hace unos días estaba en una piscina con mi familia y mi sobrino de 8 años, que no tiene miedo a nada, empezó a correr mientras lanzaba una pelota al agua para luego tirarse detrás de ella, cayendo peligrosamente cerca del borde. Afortunadamente no pasó nada, pero todos los adultos que estábamos allí lanzamos un grito ahogado, un temor nos invadió al instante. Los padres llamaron su atención explicándole por qué no debía hacerlo más. Él siguió jugando.
Mi hermano me miró y me dijo: “Es que él no le tiene miedo a nada”. Luego reflexionó: “Eso es bueno y malo”. Asentí, sonreímos y seguimos conversando.
Ese salto fue, sin dudas, un peligro real. No imaginario. Esa escena me llevó a pensar en el miedo, en esta reflexión y en un recuerdo de mi infancia.
Cuando tenía apenas 3 años estaba en una piscina con mis padres. Mi papá salió caminando para tirarse de cabeza en la parte honda y nadar. Yo tuve la impulsiva idea de ir detrás de él y al llegar al borde, miré el fondo y me lancé; no daba pie, no sabía nadar, mi papá no me había visto y mi mamá se había quedado paralizada, sin poder hablar o moverse, con los ojos clavados en el vacío que yo había dejado en el borde de la piscina después de tirarme al agua. Un hombre me sacó muy rápido y no pasó nada, todo quedó en un susto y al volver de las vacaciones, me inscribieron en una escuela de ballet acuático donde me enseñaron a nadar.

Mi sobrino y yo, aunque a diferentes edades, compartimos en esos momentos no solo el desconocimiento del miedo, sino la ausencia de imaginar las cosas que podían pasarnos en esas circunstancias.
¿Y si traemos de vuelta esa parte de la infancia? No el desconocimiento ante el peligro real, por supuesto, sino precisamente esa falta de suposiciones. Si logramos dejar de reaccionar con esa mayoría de pensamiento, que nunca se vuelve realidad, cuando enfrentamos lo desconocido ¿sería más fácil confiar? ¿estaríamos confiando ya?.

La confianza como antónimo del miedo.
¿Tenemos miedo porque no confiamos?
¿Es en nosotros en quien no lo hacemos?

Solemos defraudarnos más a nosotros mismos que a cualquier otra persona que conozcamos. Si le decimos a alguien que haremos algo las probabilidades de cumplirlo son grandes, pero ¿por qué no es de la misma manera con nosotros? Innumerables veces nos proponemos empezar el lunes, el mes que viene, el próximo año, la próxima vez. Mañana sí, pero nos fallamos, una y otra vez. Puede que parezca inofensivo, ni siquiera pensamos en lo que estamos haciendo. Nos defraudamos. Nos mentimos. Nos fallamos. Y lo aceptamos sin resistencia. Nos prometemos algo pero no lo cumplimos y como si nada volvemos a repetir el mismo ciclo, sin detenernos. Dejamos pasar esto más de lo que se lo permitiríamos a cualquier persona; y sin notarlo, comenzamos a desconfiar de nosotros mismos.

Cuando no confías en alguien es mas fácil imaginar cosas. Si no confías en mí y te digo que te lances a la piscina, que cojas por ese camino, que tomes esa decisión, no lo harás y no solo eso sino que vas a imaginar un sinfín de situaciones en las que te pondrías si haces lo que te estoy diciendo. Ahora, imagina que no confías en ti.

Crecer no nos hizo menos peligrosos, por el contrario, nos trajo a una realidad donde no nos lanzamos ni a la piscina ni a ninguna parte, porque estamos demasiado ocupados, aterrados, atrapados en el temor de lo que podría ser. Sustituimos la imprudencia de la infancia hacia lo desconocido, no con la cautela que la adultez supone, sino con ansiedad e incertidumbre. Nos hemos defraudado tanto en el camino que nos detenemos ante cada obstáculo no para observarlo, sino para imaginar lo peor. Y reaccionamos, todo nuestro cuerpo y mente reacciona para defendernos de nuestros pensamientos, del ataque que nos estamos infringiendo, de amenazas que no existen. Crecer suponía poder identificar el obstáculo, el peligro real y seguir incluso aunque sucediese algo contrario a lo deseado.

¿O acaso todo lo que se sale de lo esperado se convierte en amenaza?

Si nos tratamos con el respeto que nos merecemos, sin defraudarnos, ¿confiaríamos en nosotros? ¿dejaríamos de imaginar situaciones ficticias en las que saldríamos perjudicados? ¿dejaríamos de estar en alerta innecesariamente? De ser así, el miedo solo sería una angustia por un riesgo o daño real, no imaginario.

¿Y si lo que sentimos no es miedo? ¿Podría ser falta de confianza?

Efecto Dominó

No sabía si sería la última vez, pero me despedí como si lo fuera. En esa ciudad dejaba demasiadas versiones de mí, y todas sabían algo que yo no me atrevía a contar.
Aquella noche, Miguel y Amara me esperaban con vino, risas, una cena deliciosa y esa complicidad rara que se forma cuando uno llega en silencio y se va roto.

En medio de la conversación, cuando ya casi me marchaba Amara me miró.
—Ven, antes de que te vayas —dijo con ternura —queremos mostrarte algo.

Me guiaron hasta el estudio. Me senté frente al ordenador y ellos se ubicaron a mi lado. Abrieron una carpeta que llevaba por nombre “La boda”.

Aparecieron las imágenes.

Gabriel y Clara.
Gabriel con un traje claro, mirándola como si nunca hubiera amado antes. Clara con los ojos brillantes. Había flores, baile, brindis, sonrisas y miradas de complicidad. Y la playa, era una boda hermosa en la playa. Apreté los labios mientras sonreía levemente, también con los ojos y el alma.
—Están hermosas —dije. Y lo decía en serio. Lo eran. Aunque ninguna de esas fotos
sabía lo que pasó antes.

Conocía a Gabriel desde hacía más de diez años.
Nunca hubo nada entre nosotros, pero nos mirábamos con algo que no sabíamos nombrar. Esporádicas veces en el año, por azares de la vida, coincidíamos en alguna reunión, una fiesta, una llamada accidental; hablábamos y reíamos mucho. Yo pensaba que le gustaba, pero nos teníamos un respeto extrañamente grande. Y siempre
terminábamos con un silencio cómplice, una química innegable y de nuevo la distancia.

Hasta que conocí a Clara en el curso de inglés.
Hicimos amistad rápido. Me abrió la puerta de su casa, me presentó a su familia. Cuando su madre enfermó, quise ayudar. No sé si por lealtad… o por impulso, llamé a Gabriel. Era médico y pensé que podría orientarnos.
Él fue. Atendió a la madre de Clara y cuando se despidió, me invitó a acompañarlo a una reunión con amigos. Acepté. Esa noche, entre personas que no conocía, fue como si por fin nos encontráramos en la misma página. Reíamos. Nos buscábamos con la mirada. Sentía una paz desconocida, como si lleváramos años juntos. Esa noche nos dimos el primer beso y fue más alivio que vértigo.

Después de eso, ya nada fue igual.
Conocí a todos sus amigos. Comenzamos a vernos todos los días y pasábamos mucho tiempo juntos. Hacíamos planes. Tenía una manera de besarme que me borraba el miedo, la culpa. Gabriel era mayor que yo. Muy inteligente. Con él, sentía seguridad, aunque mi pecho permanecía nervioso muchas veces y él lo sabía, pero callaba.

Yo estaba con alguien más, hacía cinco años.
Mi pareja atravesaba una situación muy difícil. Su salud, su ánimo, su vida… todo pendía de un hilo. Yo no lo amaba ya, pero no podía dejarlo solo. Lo cuidaba. Lo sostenía. Lo acompañaba. Y mi vida se iba en ello.

Cada día con Gabriel era una grieta. Cada día sin él, una herida.

Clara sabía de mi pareja, pero de Gabriel ni sospechaba.
Un día, en el hospital, la vi llorando en un pasillo. Su madre había empeorado. Me acerqué. La abracé. Gabriel apareció poco después. Nos miró. Me sonrió. Le habló con dulzura a Clara. Le dijo que volvería pronto. Y mientras se alejaba por el pasillo, ella lo siguió con la mirada. Que extraño – pensé.

Días más tarde, me preguntó si Gabriel tenía pareja. Yo lo negué. Tal vez por miedo o tal vez por culpa. Quizá porque decir la verdad significaba romper todo. Y esa fue la primera ficha que cayó.

Después de eso, Clara empezó a llamarlo por cualquier cosa.
Y Gabriel, de a poco, empezó a alejarse.

Una noche, nos quedamos juntos en casa de unos amigos. Hicimos el amor. Nos quedamos dormidos. Pero en la madrugada me desperté y lo encontré sentado en la cama, en silencio.
—No puedo seguir así —dijo sin mirarme.

Días después, nos vimos en un piano bar que nos encantaba. Yo llevaba un vestido negro, largo. Él, la tristeza en la mirada. Bailamos una balada. Lloramos. Le entregué una carta escrita a mano. Decía todo lo que no supe decir antes. Que lo amaba. Que estaba rota. Que no sabía cómo salir.
Él no dijo nada.
Me llevó a casa. Me dejó en la puerta. Se quedó unos segundos. Después se fue.

Volvió al bar. El muchacho de la barra, que nos conocía, le sirvió un trago.
—Amores que duelen —dijo.
Gabriel lo miró.
—Es la mujer de mi vida —respondió.

Nunca más volvimos a estar juntos.

Días más tarde, Clara me mandó un mensaje: “¿Por qué nunca me lo dijiste?”
No supe qué contestar. No lo hice.

Pasó el tiempo y un día, fui al hospital a entregar unos papeles. Lo vi de lejos. Estaba con Clara. No me vieron. Di media vuelta y me fui. Lloré mucho.
A los meses supe que se habían casado.

—¿Estás bien? —me preguntó Miguel al ver mi silencio frente a la pantalla.
—Sí —respondí —Solo que no me esperaba esto.
—¿Sabes? —dijo él, con media sonrisa —Siempre fue raro. Una noche quedamos en comer con Gabriel y esperábamos verte. Pero llegó con Clara. Dijeron que se habían conocido hacía poco. Pero la historia nunca nos cerró.

Asentí.
No dije nada más. No hacía falta.

Nadie supo que mientras Gabriel y Clara se conocían, yo seguía con alguien más, y no fui capaz de dejarlo. Porque necesitaba de mí. Porque no sabía cómo ser libre sin dejar a alguien más atrapado y porque yo también mentí.

La primera ficha del dominó no fue una traición.
Fue una renuncia.
Una cobardía.
Un silencio.

Clara y Gabriel fueron cayendo como las demás.
Yo también.

Pero nadie vio esa ficha invisible.
Solo él.
Y yo.

Volar sin ti

—Santos y buenos días —dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. Como nadie pudo reconocer lo que vendría después. Como nadie puede reconocer lo que pasa ahora.

Lo sé todo —lo que dijiste después no importa, no importó, como no lo hizo todo lo que he dicho desde ese momento hasta ahora. No sabes nada y nunca lo sabrás, no lo sabe nadie, porque ni siquiera yo lo sé.
Yo estaba lejos de ti, solo tú y yo sabemos el por qué, aunque decíamos otras cosas, sobre todo tú, pero eso ya no importa. Estabas solo allí por vez primera durante tanto tiempo; ellos, todos, llevaban años viéndonos, deseando nuestras vidas por paradigmática que era nuestra relación, esperando que “el burro caiga para darle los palos”, pero no dejaron que cayera, simplemente lo tumbaron a palos.

Ese abrazo que me diste después de una larga semana hablándonos desde la ventana me supo a remordimiento, escuché en él un grito muy alto pidiendo perdón pero no dije nada, tú no habías gritado, tú solo me abrazabas. Horas separaron ese abrazo del beso de despedida, para mí venían unos días maravillosos aunque lejos de ti; tú debías alcanzarme pero decidiste no hacerlo y en cambio quedaste en nuestro lugar de siempre a esperarme, ellos se aprovecharon.
Así comenzó a llegar la muerte, viajando lenta y calculando todo, meses después pude entender que ella venía desde aquellos días de la ventana y que me daba la bienvenida en aquel abrazo, solo que en ese entonces no lo supe ver y tú no pudiste imaginar que fuera ella.

Tres palabras bastaron —lo sé todo— dijiste; nadie ha entendido tanto ni dicho tanto con ellas como lo dijiste tú y lo entendí yo. No importa lo que había detrás, sencillamente era el principio del final. Fue en vano intentar hablar mientras seguía la distancia de por medio, distancia de kilómetros, pero como todo, esta también terminó. Llegué de noche y pedí que te buscaran, viniste, nos abrazamos y a pesar de todo fue un abrazo lleno de amor, y lo sentimos; se había acabado la distancia, segundo después, volvió… al menos la de las almas, la de los corazones, la que hay entre dos miradas con rencor. No explicaste mucho, no dije casi nada, no era el momento, ahora es que puedo saberlo, en aquel instante no hablé porque no podía, porque no me dejabas.
Comenzaron a pasar los días, ya no estabas a mi lado, te veía siempre, en todos los lugares, no estabas solo, tardé poco en comprenderlo…me lo explicaron todo…hoy sé que no era todo, pero al menos me lo explicaron. Ni siquiera cuando aquella distancia estabas solo, ni siquiera cuando la ventana lo estabas ¿cómo pudiste? —como mismo pude yo, pensarías—, como mismo te habían dicho que no estaba sola hacía dos años.

Dicen que los amigos deben escogerse bien, yo hubiese jurado que aquella muchacha con cara de dibujo animado lo fue durante algún tiempo, pero la vida es caprichosa y resultó que aquella vez, cuando sentí que ella te miraba diferente, no estaba equivocada; tardaría tres años en darme cuenta. Ella tuvo la oportunidad y la aprovechó, justo en el momento donde más necesitabas creer en mí, me destruyó. Era mi mejor amiga, tenías que creerle, debía estar diciendo la verdad, nadie me conocía mejor que ella en ese lugar, le creíste.

Empezaron a pasar los días sin ti… empezaste a cambiar, hacías cosas que no… no importan ya, y lo puedo decir porque mucho tiempo después las hice yo y entendí que las hacemos para no pensar, para creernos que estamos bien. No puedo juzgarte porque también lo hice después.
Empecé a verte con ella, con ellas, pero no me preocupaban tanto, sabía que no eran nada más de lo que podían ser en ese momento en tu vida, que pasaban intentando llenar el vacío de un amor que no está y finalmente se iba sin poder hacerlo, no podían y tampoco las dejabas, me buscabas en cada gesto, en sus palabras, en sus ojos.

No me engañaste nunca, no a mí.

Yo dejé de estar sola, demasiado rápido, imprudentemente, haciéndote daño, haciéndole daño, haciéndome daño. Me veías, todo iba rápido, no lo aguantabas y me lo hacías saber, erré mucho; ignoré tu dolor, tu amor, tu rencor. Te empecé a convertir en lo que me mostraste aquella noche, solos los dos muy tarde con todos dormidos, el cielo de testigo y aquel juego que ayudaba a distraer tu atención de mis ojos.
Pero antes de que me vieras con él sabes que estuve ante ti, de tu mano ilusionada con tu perdón, sin poderte dar el mío por no saber lo que habías hecho. Caminamos de la mano, como antes, como siempre. Pero al terminar el día, destruiste mi felicidad. Era demasiado para ti, no podías caminar de mi mano delante de todos, destruiste todo dentro de mí.

Tu caos encontró el fin. Comenzaste a vivir lentamente, despacio, con ella. Había encontrado la manera de ir a tu paso y de esquivar lo que tanto buscabas de mí antes, supo estar y esperar; lo comencé a entender y una noche no pude más. Había perdido la razón y viniste a verme, me cuidabas todavía, lo seguiste haciendo en la distancia por muchos años después. Lloré frente a ti como lo hiciste tú un día, me miraste con calma, con ternura, como debí haberlo hecho antes, y me calmaste. Te marchaste y salí detrás de ti. Nos encontramos nuevamente en medio de la noche con el cielo de testigo y un silencio ensordecedor que nos envolvía, te miré a los ojos, con los míos llenos de lágrimas, logré controlar mi voz temblorosa y pregunté:

—¿Eres feliz?

— Sí —respondiste.

Y allí estaban de nuevo, solamente tres palabras, esta vez anunciando el final del fin. Nos miramos profundamente por última vez, sonreí, los dos dimos la vuelta y seguimos nuestros caminos.

Un tiempo después, un 14 de febrero, nos cruzaríamos de nuevo con la misma intensidad de aquella noche pero sin oscuridad y sin silencio, yo iba sola, tu ibas con ella, como antes conmigo en esas fechas, en todas. Para cuando pude darme cuenta era tarde y debía seguir mi rumbo, nos cruzamos todos y tú y yo lo sentimos. Sé que ese día sentimos un peso enorme, una nostalgia infinita y terminamos de soltarnos.
Luego te vi, realizando uno de tus sueños que planeamos juntos tanto tiempo y al final hicimos por separado, lloré mucho mientras hablabas y se me estrujó el corazón cuando la mencionaste a ella, pero fui feliz y te dejé ir para siempre ese día.

Dos años después nos volvimos a ver, tenías planes grandes y fuiste a contarme, conversamos mucho. Tres años después nos encontramos otra vez, estábamos cerca de nuevo; al final ella había quedado en el pasado y él también, sonreímos mucho, recordamos, conversamos… pero ya caminábamos de la mano de otros, sin embargo no fue un problema, no nos queríamos de esa manera. Pasaron los años, muchos años y el camino que empezó y terminó con tres palabras se fue borrando con el tiempo y empezamos a recordar todo lo que fuimos antes y después, todo lo que fuimos los dos. Se transformó nuestro amor en un vuelo alto que no tocaría tierra jamás, en un volar sin ti que a veces el viento fuerte sacude y parece que no vamos solos, porque no vamos solos, pero hablo de otra soledad.

Pero la muerte se tuvo que ir. Y mientras nos encontremos en el rincón de la noche oscura, en medio del sueño profundo —a veces por culpa, otras por amor—, no podrá volver jamás.

El faro

No puedo evitar pensarte;
es tarde, tarde en la noche,
tarde en nuestras vidas.
Tarde para los dos.

Una luz tenue ilumina mi espacio
mientras preguntas si veo la luna,
mirándola fijamente te la enseño,
—que bonito, amor —has dicho
—mucho —he respondido.

En medio de tanto silencio
tu respiración cortada por el caos
irrumpe en mi habitación;
no dejo de mirar el faro,
tan mío, tan tuyo, de nadie, de los dos.

Blog at WordPress.com.

Up ↑