El sonido de una grieta

Días atrás, sin pensarlo, hice una pequeña explosión en la cocina. Puse a hervir agua con jengibre y, cuando la tetera empezó a sonar, vertí el agua en un pomo de cristal. Al tocarlo sentí que estaba demasiado caliente, así que abrí la llave del fregadero y le eché agua fría por fuera. Entonces escuché el sonido: crack. No se hizo pedazos, no explotó; solo se rajó. El agua salió por la herida como si el vidrio hubiera suspirado.

Más tarde, en la ducha, con el agua caliente cayendo sobre la piel, volví a pensar en el pomo. Recordé también un video que había visto días atrás: un parabrisas cubierto de nieve, alguien intentando descongelarlo con agua caliente, el cristal resquebrajándose en segundos. Me inquietó lo mismo en ambos casos: lo frágil que puede ser un material cuando el frío y el calor llegan demasiado rápido, cuando no hay tiempo para adaptarse.

Busqué el nombre: choque térmico. Ocurre cuando una superficie cambia de temperatura de forma brusca y el interior no logra acompañar ese cambio. Una parte se expande, la otra se contrae, la tensión se acumula y el material no resiste. Se rompe. Es una reacción física, por estrés térmico.

Y así somos a veces frente a los cambios abruptos. Amores que llegan ardiendo a un corazón que todavía está helado. Palabras frías sobre una piel que venía caliente. Silencios que aparecen donde antes había ruido. Despedidas que irrumpen donde creíamos que había un futuro. Novedades que nos exigen reaccionar más rápido de lo que podemos. Hay almas que se rajan por dentro igual que un pomo de cristal bajo el agua fría, no porque sean débiles, sino porque nadie debería tener que soportar transformaciones tan extremas en tan poco tiempo.

Tal vez por eso, con algunas cosas, necesitamos cambiar despacio. Dejar que la vida se acomode a nuestro ritmo, darnos margen para expandirnos o contraernos sin rompernos. No obligarnos a resistir temperaturas que no sabemos manejar. Porque incluso lo que parece firme puede quebrarse si no tiene tiempo de adaptarse.

Y como el cristal, una grieta no siempre significa destrucción. A veces es solo el cuerpo —o el alma— diciendo: me dolió el cambio.

¿Has sentido alguna vez un choque térmico emocional?

Quien ve más, decide mejor

El verdadero sentido del conocimiento como poder

Hay frases que escuchamos toda la vida como si fueran verdades evidentes, pero que rara vez nos detenemos a mirar por dentro.

“El conocimiento es poder” es una de ellas.

Crecimos oyéndola en discursos, libros, conversaciones, incluso en motivadores que prometen éxito rápido. Pero casi siempre estuvo asociada a un tipo de poder: el que se ejerce sobre otros. Poder como dominio, influencia, jerarquía, autoridad. El poder que sube a unos y baja a otros.

Ese no es el poder del que quiero hablar. Porque existe otro poder. Uno más íntimo, más silencioso, más humano. Un poder que no se alza, sino que se expande. Un poder que no te pone por encima de nadie, sino dentro de ti. Ese poder nace del conocimiento.


Las palabras importan

Si vamos a hablar de conocimiento y poder, vale la pena empezar por lo que realmente significan.

La RAE define poder como “tener expedita la facultad o potencia de hacer algo” y también como “tener facilidad, tiempo o lugar para hacer algo”.

Ese es el poder que me interesa: la capacidad interna de hacer.

La potencia. La posibilidad.

No el poder como jerarquía, sino como competencia. No el poder sobre otros, sino el poder de uno mismo.

Y aquí hay un detalle fascinante: esta acepción de poder no tiene antónimo. 

No existe un “despoder”. No existe un “anti-poder”. Porque el poder interno no se opone a nada: simplemente está, aunque a veces dormido, aunque a veces no lo usemos.

El poder del que hablo es la fuerza que se activa cuando entiendes algo. Es el poder de saber cómo. Es ese momento en que ves con claridad lo que antes era niebla.

Porque cuando ves más, decides mejor.


¿Y qué es el conocimiento?

La RAE define conocimiento como “la acción y efecto de conocer”, y conocer como “averiguar la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas”.

Es decir: entender. 

Discernir. Darte cuenta. Nombrar lo que antes no sabías cómo pensar. El conocimiento no es acumular datos. No es repetir información. No es saber de memoria.

Conocer es descubrir las relaciones invisibles. Es comprender cómo funciona algo —una emoción, un hábito, una historia, una parte de ti— y a partir de ahí abrir un poco más tu capacidad de elegir.

El conocimiento es una forma de visión. Y la visión, siempre, genera poder interno.


Un poco de historia

La frase “el conocimiento es poder” se hizo famosa gracias a Francis Bacon, un filósofo inglés del siglo XVI que vivió en un momento de transición entre la Edad Media y el nacimiento de la ciencia moderna.
El mundo comenzaba a romper supersticiones, a observar la naturaleza, a buscar explicaciones basadas en la experiencia y no en la autoridad.

En ese contexto, Bacon escribió scientia potentia est, que más tarde se tradujo como “el conocimiento es poder”.

Pero Bacon no hablaba del poder político. Ni del poder de controlar a otros. Hablaba del poder que surge cuando entendemos cómo funciona la realidad. Para él, conocer era la manera de transformar la vida humana: desde el cultivo de alimentos hasta la medicina, la navegación, la ciencia y la filosofía.

Es decir: conocimiento como capacidad, como herramienta para mejorar la existencia.
Justo la interpretación que quiero recuperar.


Recuperar el sentido humano del poder

Cuando entendemos algo, incluso algo pequeño, algo en nosotros se enciende. Comprender nos ordena. Nos da aire. Nos abre el mapa. Nos hace sentir menos a la deriva.

Conocer cómo manejamos nuestras emociones nos da poder emocional.

Conocer cómo funcionan nuestros hábitos nos da poder para cambiarlos.

Conocer nuestras heridas nos permite nombrarlas, tratarlas, acompañarlas.

Conocer cómo funciona nuestro cuerpo nos ayuda a cuidarlo mejor.

Conocer nuestras relaciones nos da poder para poner límites sanos o acercarnos de manera consciente.

Y no es que el conocimiento lo resuelva todo. Pero sí nos da algo fundamental: la posibilidad de elegir con más claridad.

No reaccionas igual cuando entiendes qué te pasa.

No decides igual cuando ves más allá de la superficie.

No caminas igual cuando sabes dónde estás parada.

Por eso, el conocimiento es poder: porque ilumina. Porque expande. Porque te devuelve el timón.


El poder del que no hablo

No es el poder que aplasta, manda o domina.

No es el poder que confunde control con fortaleza.

No es ese poder que necesita estar por encima para sentirse válido.

Ese poder será tema de otro artículo —quizás uno sobre ignorancia, manipulación y libertad.

Este texto es sobre el poder que te habita.

El que no depende de nadie.

El que no se exhibe.

El que no compite.

El poder que crece cuando te entiendes.

El poder que nace cuando aprendes.

El poder que surge cuando ves más.

Y por eso…

Quien ve más, decide mejor.

Quien conoce, elige con conciencia.

Quien entiende, se vuelve más libre. No para vivir por encima de otros, sino para vivir más hondamente dentro de sí.

El conocimiento es poder porque te devuelve la posibilidad de construir tu vida desde un lugar más amplio, más lúcido, más tuyo.

Y cada vez que aprendes algo —por pequeño que sea— un pedacito de tu mundo interno se expande. Ese es el poder del que quiero hablar. Ese es el poder que importa.

Habitar la paz

Un refugio más allá de las emociones.

Cuando hablamos de emociones, solemos conjugarlas sin pensar demasiado: estoy feliz, estoy triste, estoy enamorado. Son verbos que se transforman, que admiten variaciones, que nos sitúan en un estado de ánimo pasajero. Pero cuando hablamos de paz, ocurre algo distinto, no la nombramos como emoción, solo existe una forma de expresarla: estoy en paz.
Igual que cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en la playa”. Allí es donde surge la diferencia: la paz no se siente como una emoción, se habita como un espacio.

Entre emociones y lugares

Los sentimientos describen algo que cambia y fluctúa: la alegría dura un instante, la tristeza se disuelve, la rabia se extingue. La diferencia parece sutil, pero no lo es.
Un lugar, en cambio, se puede elegir y permanecer en él.
De ahí que pueda decir: estoy triste, pero estoy en paz. Estoy feliz, pero estoy en paz. Porque la paz no depende de lo que siento, sino del espacio interior que decido habitar.
Y así como decido quedarme en casa aunque afuera llueva, puedo decidir permanecer en paz aunque dentro de mí haya tormenta. No depende de lo que siento, sino de dónde decido estar. Y ese “estar” es más parecido a habitar que a sentir.

Lo visible y lo invisible

Cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en el parque”, la mente lo ubica enseguida. Incluso si nunca hemos estado allí, podemos imaginarlo. Lo físico es fácil de describir, de representar, de asociar a imágenes o recuerdos.
La paz, en cambio, no es un lugar físico. No tiene paredes ni ventanas. No puedo señalarla en un mapa ni mostrarle a alguien dónde queda. Y tal vez por eso nos resulta difícil a veces encontrarla, incluso cuando la necesitamos.
¿Cómo se llega a un lugar que no se ve? ¿Cómo se describe un espacio que no tiene forma?

La geografía interior

Quizás la paz sea eso: una geografía interior. Un territorio sin coordenadas físicas, pero con caminos que aprendemos a recorrer. Rutas que, una vez reconocidas, nos permiten volver siempre.
Podemos construir nuestro propio mapa invisible: la respiración, un silencio breve, una pausa consciente, una oración, un recuerdo que nos centra. Cada cual encuentra las puertas de regreso.
La paz está allí, como una casa abierta. No afuera, sino dentro. No en lo que sentimos, sino en lo que decidimos habitar.

Para pensar

¿Qué rituales, pensamientos o momentos me hacen sentir en paz?
¿Qué me ayuda a volver cuando me alejo?
¿Y si empiezo a ver la paz no como una emoción frágil, sino como un hogar al que puedo regresar siempre?

La paz no depende de lo que siento, no se conjuga, se habita.

¿Y si no es miedo?

Según la Real Academia Española (RAE), la palabra miedo proviene del latín metus que significa “temor”. La define como: angustia por un riesgo o daño real o imaginario; y también como: recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Entre sus antónimos destacan valor, valentía y confianza.

Entonces, ¿sería el miedo nuestra reacción o respuesta involuntaria ante lo desconocido? Esencialmente si discrepa de lo que esperamos o deseamos, si nos hace sentir en peligro o si lo consideramos una amenaza. ¿Bastaría con confiar más?

Según ha afirmado la psiquiatra española Marian Rojas Estapé, el 91.4% de las cosas que pensamos no suceden; sin embargo, nuestro cerebro no distingue entre una situación real y una imaginaria, llevando todo nuestro cuerpo a reaccionar de la misma manera ante ambas. Por lo que podríamos pensar que la mayor parte del tiempo que sentimos miedo y reaccionamos en consecuencia, potencialmente estaríamos equivocados, pero lo que experimentamos como reacción física, sería completamente real.

¡Los niños son un peligro! —se dice siempre que hacen algo que consideramos o que en efecto es peligroso, a consecuencia de no sentir o conocer el miedo. Hace unos días estaba en una piscina con mi familia y mi sobrino de 8 años, que no tiene miedo a nada, empezó a correr mientras lanzaba una pelota al agua para luego tirarse detrás de ella, cayendo peligrosamente cerca del borde. Afortunadamente no pasó nada, pero todos los adultos que estábamos allí lanzamos un grito ahogado, un temor nos invadió al instante. Los padres llamaron su atención explicándole por qué no debía hacerlo más. Él siguió jugando.
Mi hermano me miró y me dijo: “Es que él no le tiene miedo a nada”. Luego reflexionó: “Eso es bueno y malo”. Asentí, sonreímos y seguimos conversando.
Ese salto fue, sin dudas, un peligro real. No imaginario. Esa escena me llevó a pensar en el miedo, en esta reflexión y en un recuerdo de mi infancia.
Cuando tenía apenas 3 años estaba en una piscina con mis padres. Mi papá salió caminando para tirarse de cabeza en la parte honda y nadar. Yo tuve la impulsiva idea de ir detrás de él y al llegar al borde, miré el fondo y me lancé; no daba pie, no sabía nadar, mi papá no me había visto y mi mamá se había quedado paralizada, sin poder hablar o moverse, con los ojos clavados en el vacío que yo había dejado en el borde de la piscina después de tirarme al agua. Un hombre me sacó muy rápido y no pasó nada, todo quedó en un susto y al volver de las vacaciones, me inscribieron en una escuela de ballet acuático donde me enseñaron a nadar.

Mi sobrino y yo, aunque a diferentes edades, compartimos en esos momentos no solo el desconocimiento del miedo, sino la ausencia de imaginar las cosas que podían pasarnos en esas circunstancias.
¿Y si traemos de vuelta esa parte de la infancia? No el desconocimiento ante el peligro real, por supuesto, sino precisamente esa falta de suposiciones. Si logramos dejar de reaccionar con esa mayoría de pensamiento, que nunca se vuelve realidad, cuando enfrentamos lo desconocido ¿sería más fácil confiar? ¿estaríamos confiando ya?.

La confianza como antónimo del miedo.
¿Tenemos miedo porque no confiamos?
¿Es en nosotros en quien no lo hacemos?

Solemos defraudarnos más a nosotros mismos que a cualquier otra persona que conozcamos. Si le decimos a alguien que haremos algo las probabilidades de cumplirlo son grandes, pero ¿por qué no es de la misma manera con nosotros? Innumerables veces nos proponemos empezar el lunes, el mes que viene, el próximo año, la próxima vez. Mañana sí, pero nos fallamos, una y otra vez. Puede que parezca inofensivo, ni siquiera pensamos en lo que estamos haciendo. Nos defraudamos. Nos mentimos. Nos fallamos. Y lo aceptamos sin resistencia. Nos prometemos algo pero no lo cumplimos y como si nada volvemos a repetir el mismo ciclo, sin detenernos. Dejamos pasar esto más de lo que se lo permitiríamos a cualquier persona; y sin notarlo, comenzamos a desconfiar de nosotros mismos.

Cuando no confías en alguien es mas fácil imaginar cosas. Si no confías en mí y te digo que te lances a la piscina, que cojas por ese camino, que tomes esa decisión, no lo harás y no solo eso sino que vas a imaginar un sinfín de situaciones en las que te pondrías si haces lo que te estoy diciendo. Ahora, imagina que no confías en ti.

Crecer no nos hizo menos peligrosos, por el contrario, nos trajo a una realidad donde no nos lanzamos ni a la piscina ni a ninguna parte, porque estamos demasiado ocupados, aterrados, atrapados en el temor de lo que podría ser. Sustituimos la imprudencia de la infancia hacia lo desconocido, no con la cautela que la adultez supone, sino con ansiedad e incertidumbre. Nos hemos defraudado tanto en el camino que nos detenemos ante cada obstáculo no para observarlo, sino para imaginar lo peor. Y reaccionamos, todo nuestro cuerpo y mente reacciona para defendernos de nuestros pensamientos, del ataque que nos estamos infringiendo, de amenazas que no existen. Crecer suponía poder identificar el obstáculo, el peligro real y seguir incluso aunque sucediese algo contrario a lo deseado.

¿O acaso todo lo que se sale de lo esperado se convierte en amenaza?

Si nos tratamos con el respeto que nos merecemos, sin defraudarnos, ¿confiaríamos en nosotros? ¿dejaríamos de imaginar situaciones ficticias en las que saldríamos perjudicados? ¿dejaríamos de estar en alerta innecesariamente? De ser así, el miedo solo sería una angustia por un riesgo o daño real, no imaginario.

¿Y si lo que sentimos no es miedo? ¿Podría ser falta de confianza?

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