Entraron en silencio al ascensor.Dos pisos. Solo dos. Pero parecían suficientes para desordenarlo todo. Él llevaba un pantalón gris y una camisa azul cielo que hacía resaltar sus ojos color miel. Las pestañas largas, la barba oscura, esa sonrisa de niño que a veces se le escapaba sin permiso. Estaba recostado a la pared, la espalda apoyada, un pie cruzado delante del otro, las manos entrelazadas como si así pudiera mantenerse quieto, como si no moverse fuera una forma de obediencia. Ella iba de negro. Los zapatos color vino —los que a él le gustaban— relucían apenas bajo la luz…
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