Quien ve más, decide mejor

El verdadero sentido del conocimiento como poder

Hay frases que escuchamos toda la vida como si fueran verdades evidentes, pero que rara vez nos detenemos a mirar por dentro.

“El conocimiento es poder” es una de ellas.

Crecimos oyéndola en discursos, libros, conversaciones, incluso en motivadores que prometen éxito rápido. Pero casi siempre estuvo asociada a un tipo de poder: el que se ejerce sobre otros. Poder como dominio, influencia, jerarquía, autoridad. El poder que sube a unos y baja a otros.

Ese no es el poder del que quiero hablar. Porque existe otro poder. Uno más íntimo, más silencioso, más humano. Un poder que no se alza, sino que se expande. Un poder que no te pone por encima de nadie, sino dentro de ti. Ese poder nace del conocimiento.


Las palabras importan

Si vamos a hablar de conocimiento y poder, vale la pena empezar por lo que realmente significan.

La RAE define poder como “tener expedita la facultad o potencia de hacer algo” y también como “tener facilidad, tiempo o lugar para hacer algo”.

Ese es el poder que me interesa: la capacidad interna de hacer.

La potencia. La posibilidad.

No el poder como jerarquía, sino como competencia. No el poder sobre otros, sino el poder de uno mismo.

Y aquí hay un detalle fascinante: esta acepción de poder no tiene antónimo. 

No existe un “despoder”. No existe un “anti-poder”. Porque el poder interno no se opone a nada: simplemente está, aunque a veces dormido, aunque a veces no lo usemos.

El poder del que hablo es la fuerza que se activa cuando entiendes algo. Es el poder de saber cómo. Es ese momento en que ves con claridad lo que antes era niebla.

Porque cuando ves más, decides mejor.


¿Y qué es el conocimiento?

La RAE define conocimiento como “la acción y efecto de conocer”, y conocer como “averiguar la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas”.

Es decir: entender. 

Discernir. Darte cuenta. Nombrar lo que antes no sabías cómo pensar. El conocimiento no es acumular datos. No es repetir información. No es saber de memoria.

Conocer es descubrir las relaciones invisibles. Es comprender cómo funciona algo —una emoción, un hábito, una historia, una parte de ti— y a partir de ahí abrir un poco más tu capacidad de elegir.

El conocimiento es una forma de visión. Y la visión, siempre, genera poder interno.


Un poco de historia

La frase “el conocimiento es poder” se hizo famosa gracias a Francis Bacon, un filósofo inglés del siglo XVI que vivió en un momento de transición entre la Edad Media y el nacimiento de la ciencia moderna.
El mundo comenzaba a romper supersticiones, a observar la naturaleza, a buscar explicaciones basadas en la experiencia y no en la autoridad.

En ese contexto, Bacon escribió scientia potentia est, que más tarde se tradujo como “el conocimiento es poder”.

Pero Bacon no hablaba del poder político. Ni del poder de controlar a otros. Hablaba del poder que surge cuando entendemos cómo funciona la realidad. Para él, conocer era la manera de transformar la vida humana: desde el cultivo de alimentos hasta la medicina, la navegación, la ciencia y la filosofía.

Es decir: conocimiento como capacidad, como herramienta para mejorar la existencia.
Justo la interpretación que quiero recuperar.


Recuperar el sentido humano del poder

Cuando entendemos algo, incluso algo pequeño, algo en nosotros se enciende. Comprender nos ordena. Nos da aire. Nos abre el mapa. Nos hace sentir menos a la deriva.

Conocer cómo manejamos nuestras emociones nos da poder emocional.

Conocer cómo funcionan nuestros hábitos nos da poder para cambiarlos.

Conocer nuestras heridas nos permite nombrarlas, tratarlas, acompañarlas.

Conocer cómo funciona nuestro cuerpo nos ayuda a cuidarlo mejor.

Conocer nuestras relaciones nos da poder para poner límites sanos o acercarnos de manera consciente.

Y no es que el conocimiento lo resuelva todo. Pero sí nos da algo fundamental: la posibilidad de elegir con más claridad.

No reaccionas igual cuando entiendes qué te pasa.

No decides igual cuando ves más allá de la superficie.

No caminas igual cuando sabes dónde estás parada.

Por eso, el conocimiento es poder: porque ilumina. Porque expande. Porque te devuelve el timón.


El poder del que no hablo

No es el poder que aplasta, manda o domina.

No es el poder que confunde control con fortaleza.

No es ese poder que necesita estar por encima para sentirse válido.

Ese poder será tema de otro artículo —quizás uno sobre ignorancia, manipulación y libertad.

Este texto es sobre el poder que te habita.

El que no depende de nadie.

El que no se exhibe.

El que no compite.

El poder que crece cuando te entiendes.

El poder que nace cuando aprendes.

El poder que surge cuando ves más.

Y por eso…

Quien ve más, decide mejor.

Quien conoce, elige con conciencia.

Quien entiende, se vuelve más libre. No para vivir por encima de otros, sino para vivir más hondamente dentro de sí.

El conocimiento es poder porque te devuelve la posibilidad de construir tu vida desde un lugar más amplio, más lúcido, más tuyo.

Y cada vez que aprendes algo —por pequeño que sea— un pedacito de tu mundo interno se expande. Ese es el poder del que quiero hablar. Ese es el poder que importa.

Jazmín

He sentido tu aroma en mis labios
y he podido saborear tu recuerdo.
No sabía que eras tú
pero he cerrado los ojos,
no hay forma de olvidarte, sí eres.
Nunca antes te había probado.

Han pasado muchos años
y todavía te menciono.
Casi todos han escuchado una historia tuya.
Sonrío siempre que hablo de ti.

Siento tanta nostalgia.
Me fui sin despedirme,
me pregunto si seguirás allí.

Las noches más simples las viví contigo,
cuando respirarte lo era todo.

Fuiste testigo silencioso
sombra de nuestra felicidad,
de los altos y bajos.
Nos acompañaste cuando éramos todos
cuando estábamos completos.

Antes de rompernos vivimos a tu lado.

Iré a verte de nuevo, no sé si te encontraré
de no hacerlo le hablaré a tu recuerdo,
a tus raíces que un día fueron las nuestras.
Te contaré que estamos todos lejos,
que algunos ya se fueron.
Te hablaré de los que no conoces,
los más nuevos, los que llegaron luego.

Puede que no estés pero un día iré.

Verás como han pasado los años
y puede que reconozcas en mi rostro
algunos rasgos de quienes llegaron primero.
Lloraré y reiré y sin parar, con nostalgia,
paz, añoranza y anhelo.

Te respiraré por última vez aunque no te pueda ver.
Me aferraré a tu recuerdo ahora que nosotros
como ellos, también nos estamos quedando sin tiempo.

Brazos más grandes que el dolor

Lo primero fue la mirada.
Cada uno en la sala del apartamento de enfrente, las personas pasando, hablando y ellos mirándose, sin conocerse. En los pasillos de la universidad, en la biblioteca, en cualquier lugar donde el azar los cruzara, se buscaban los ojos como si allí estuviera todo. No hicieron falta palabras: bastaba con sostenerse un segundo más de lo permitido para que algo se encendiera.
Él tenía novia. Ella tenía novio. Y quizás por eso aquella complicidad se volvió un secreto, una llama que nunca se apagaba del todo. Pasaron meses, años incluso, viviendo de ese juego invisible: encontrarse, mirarse, fingir indiferencia mientras por dentro ardían.
Cuando al fin quedaron libres, después de dos años, se acercaron. Y fue como abrir la puerta de golpe a un viento que nadie sabe cómo detener. El amor fue brutal, desbordado. Se buscaban con hambre, como si el tiempo perdido pudiera recuperarse en un abrazo. Hicieron juntos cosas que jamás habían hecho con nadie más. Era intenso, nuevo, feroz.
Pero también caótico. Él era celoso, incapaz de sostener tanta entrega sin miedo a perderla. Ella lo amaba, pero se agotaba en la desconfianza, en las discusiones que terminaban rompiéndolos una y otra vez. Se separaban, volvían, se herían y se curaban, solo para herirse de nuevo. Hasta que un día ella se cansó y lo dejó.
La universidad se convirtió entonces en un laberinto de encuentros dolorosos. Él la veía en todas partes: en los pasillos, en las clases, en la cafetería. Cada aparición era un recordatorio de lo que ya no tenía. Intentó recuperarla, pero lo único que logró fue alejarla más con sus dudas y sus reclamos.
En ese tiempo se refugió en su madre. La llamaba cada día, a veces lloraba sin consuelo. Volvía a casa, se sentaba a su lado, la abrazaba como un niño que necesita brazos más grandes que el dolor. Ella lo escuchaba, lo acariciaba, pero estaba preocupada: nunca lo había visto tan roto, tan vulnerable.
Los años de universidad pasaron, y con ellos también aquella historia. Ella siguió su camino. Él también.
Quedaron con una herida que aprendieron a esconder.
Diez años después, un mensaje apareció en su teléfono.
Era ella.
Le preguntaba cómo estaba, que le gustaría verlo, aunque solo fuera para ponerse al día.
Él la leyó en silencio.
Ya tenía una familia, una vida distinta. Durante un instante pensó en responder con un “sí”. En verla, en comprobar qué había quedado de aquella muchacha que lo había marcado tanto. Pero enseguida sintió el peso del recuerdo: el caos, los celos, el desgarro. Todo volvió de golpe, como si no hubiera pasado el tiempo.
Escribió despacio:
“Espero que estés bien. Es mejor que no nos veamos.”
Y envió el mensaje.
Ella tardó en contestar, solo respondió con un “entiendo”.
Él dejó el teléfono a un lado, con el corazón latiendo como si tuviera veinte años otra vez. No era rencor lo que sentía, ni tampoco indiferencia. Era el reconocimiento de heridas que nunca cicatrizan, y que la única forma de sobrevivir a ellas es no volver a tocarlas.

Habitar la paz

Un refugio más allá de las emociones.

Cuando hablamos de emociones, solemos conjugarlas sin pensar demasiado: estoy feliz, estoy triste, estoy enamorado. Son verbos que se transforman, que admiten variaciones, que nos sitúan en un estado de ánimo pasajero. Pero cuando hablamos de paz, ocurre algo distinto, no la nombramos como emoción, solo existe una forma de expresarla: estoy en paz.
Igual que cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en la playa”. Allí es donde surge la diferencia: la paz no se siente como una emoción, se habita como un espacio.

Entre emociones y lugares

Los sentimientos describen algo que cambia y fluctúa: la alegría dura un instante, la tristeza se disuelve, la rabia se extingue. La diferencia parece sutil, pero no lo es.
Un lugar, en cambio, se puede elegir y permanecer en él.
De ahí que pueda decir: estoy triste, pero estoy en paz. Estoy feliz, pero estoy en paz. Porque la paz no depende de lo que siento, sino del espacio interior que decido habitar.
Y así como decido quedarme en casa aunque afuera llueva, puedo decidir permanecer en paz aunque dentro de mí haya tormenta. No depende de lo que siento, sino de dónde decido estar. Y ese “estar” es más parecido a habitar que a sentir.

Lo visible y lo invisible

Cuando decimos “estoy en casa” o “estoy en el parque”, la mente lo ubica enseguida. Incluso si nunca hemos estado allí, podemos imaginarlo. Lo físico es fácil de describir, de representar, de asociar a imágenes o recuerdos.
La paz, en cambio, no es un lugar físico. No tiene paredes ni ventanas. No puedo señalarla en un mapa ni mostrarle a alguien dónde queda. Y tal vez por eso nos resulta difícil a veces encontrarla, incluso cuando la necesitamos.
¿Cómo se llega a un lugar que no se ve? ¿Cómo se describe un espacio que no tiene forma?

La geografía interior

Quizás la paz sea eso: una geografía interior. Un territorio sin coordenadas físicas, pero con caminos que aprendemos a recorrer. Rutas que, una vez reconocidas, nos permiten volver siempre.
Podemos construir nuestro propio mapa invisible: la respiración, un silencio breve, una pausa consciente, una oración, un recuerdo que nos centra. Cada cual encuentra las puertas de regreso.
La paz está allí, como una casa abierta. No afuera, sino dentro. No en lo que sentimos, sino en lo que decidimos habitar.

Para pensar

¿Qué rituales, pensamientos o momentos me hacen sentir en paz?
¿Qué me ayuda a volver cuando me alejo?
¿Y si empiezo a ver la paz no como una emoción frágil, sino como un hogar al que puedo regresar siempre?

La paz no depende de lo que siento, no se conjuga, se habita.

Diez minutos de silencio

La vi por primera vez un lunes, cuando el sol apenas empezaba a calentar las aceras. Yo trabajaba abajo, en el local de la esquina, y mientras esperaba que abrieran la reja alcé la vista y allí estaba: en el balcón, con un vestido blanco y una taza entre las manos.
No fue el vestido lo que me llamó la atención, ni el cabello suelto que la brisa movía sin esfuerzo, sino la manera en que se sentaba: recta, con las piernas cruzadas y la cabeza recostada al respaldo de la silla, como si llevara años ensayando esa quietud. Ponía la taza siempre en un mueble al costado, intacta, mientras ella cerraba los ojos y se sumergía en un silencio que no era exactamente silencio: los audífonos la aislaban del mundo, y yo me quedaba allí, observando desde abajo, sin hacer ruido.
Al día siguiente salió otra vez, casi a la misma hora. Y al otro. No siempre puntual, pero siempre entre las siete y media y las nueve de la mañana. Diez minutos exactos, muy pocas veces menos. Después, se quitaba los audífonos, bebía un sorbo y volvía adentro.

No sé cuándo empecé a organizar mis mañanas para esperarla. Iba antes de lo necesario al trabajo, aunque no tuviera nada que hacer. El sábado no me correspondía estar allí, pero fui igual, solo por verla salir al balcón y acompañar su silencio. El domingo también. Su presencia se volvió mi rutina, como si esos diez minutos fueran el único orden verdadero del día.
Hasta que llegó ese domingo distinto.
Al mediodía, cuando el sol caía a plomo, la vi aparecer de nuevo. Pero no llevaba vestido blanco, ni audífonos, ni taza y tenía el cabello recogido. Se sentó de otra forma, encogida, apoyó los codos en las rodillas y escondió el rostro entre las manos. Y lloró.
Fue un llanto breve, silencioso desde donde yo estaba, pero tan intenso que el aire del balcón pareció quebrarse. Sentí que, sin querer, había visto demasiado.

El lunes la esperé. No salió.
El martes tampoco.
Pasó una semana.

Pude subir, preguntar, tocar alguna puerta. Pero no lo hice. Algo en mí prefirió no saber. El recuerdo del llanto era suficiente, y también insoportable.
Seguí yendo cada mañana, durante semanas, levantando la mirada hacia aquel espacio vacío.

Nunca más la vi.

Paz

Aún no logro identificar ese sonido ensordecedor que llega hasta mi balcón cada mañana. Creo que sobresale por encima de todos los demás y, hasta hoy, es el más constante. Por más que creo ubicarlo con la vista, no encuentro su fuente. Debe ser el motor de algún vehículo o artefacto dispuesto a cortar o destruir algo. Quién sabe

También pasan aviones de vez en cuando, aunque este año han sido muchos menos. El claxon de los carros impacientes, que parecen atropellar el tiempo, resuena desde la otra vía —la avenida delantera del edificio, esa que no alcanzo a ver desde mi balcón, pero cuya agitación siempre me llega. No los veo, pero estoy convencida de su vaivén constante. Yo también he transitado esa vía; también hice sonar el claxon de mi carro. Que ya no es tan mío.

Las cosas han cambiado mucho desde la primera vez que me senté en este balcón, aún sin muebles. En aquel entonces nadie hubiera podido imaginar lo que estaríamos viviendo ahora, en este año.

El sol pica bien fuerte en la piel desde estas horas ya. Apenas marca el reloj las 10:07 de la mañana y puedo ver mi reflejo en la pantalla de la computadora; el sol esta castigando todo el lado izquierdo de mi cuerpo con un cálido abrazo. Será en respuesta a los años que llevamos castigándolo a él, como diría una amiga.

He logrado encontrar la sombra en la esquina del balcón, y prefiero seguir sentada aquí. Mirar hacia cualquier dirección detona miles de ideas en mi cabeza; en espacios cerrados, sucede cuando miro en mi interior. Pero hoy este balcón está contando un sinfín de historias.

Nueve carros ya están en el parqueo del casino, a mi derecha. Algunos días, en este año atípico, ese espacio estaba vacío; podíamos correr, caminar, hacer ejercicios, incluso montar bici. Los niños andaban por su libre albedrío; por un tiempo fue el único lugar de encuentro cuando nadie podía reunirse. Cuando hacerlo estaba prohibido —disfrazado de recomendación.
Hoy, sin embargo, los carros han regresado y no nos encontramos tanto. Ahora mismo creo divisar a un hombre caminando, cabizbajo. Quiero pensar que es el sol quien lo castiga.

Antes de buscar la computadora me acompañaban un libro y una taza de café. Allí está el libro, encima de la mesa, al lado derecho de la computadora; el viento pasa páginas ya leídas. La taza tiene bordes de café seco por el sol. Una silla vacía, como tantas veces, me mira directamente a los ojos. Antes, llegó alguien que la ocupó, pero solo pude sentir su presencia. Mirando a lo lejos sentí que llegaba, que se sentaba frente a mí. No desvié la mirada, no lo necesitaba: sabía que estaba allí. Solo quería hacerle una pregunta.

Creo que esta es la primera vez que me visito, o al menos que escribo sobre mis visitas. Han ocurrido a menudo pero nunca como hoy. He llegado —viniendo del futuro— y me he sentado frente a mi pasado, que hoy asumo como presente. Creo que todos hemos fantaseado con ver a nuestro yo más viejo, nuestro yo del futuro, y así poder entender si estamos en el camino correcto, o si, a fin de cuentas, podemos cambiar algo que nos lleve a otro lugar. De no estar satisfechos con el camino recorrido y contado por el yo del futuro. Como también hemos fantaseado con visitar al yo del pasado y regañarlo por alguna decisión que hoy creemos deberíamos cambiar. O tomarlo de la mano y guiarlo por el camino que hoy sabemos —o creemos saber— hubiera sido el correcto.

Aquí estuvo mi yo del futuro. Pensé cuidadosamente en hacerle las preguntas correctas; siempre he pensado en lo mismo. Siempre me he preguntado si voy por el camino que me llevará a estar, en el futuro, en un lugar placentero.
Pero solo pude hacerle una: —¿Estás en paz?— Y me ha mirado.
El viento acaba de cambiar de dirección, y ahora pasan páginas sin leer. El libro se llama Brida; no recuerdo haberlo mencionado.

Mi reflejo en la pantalla es oscuro; el sol no ilumina más desde hace unos segundos, al menos no directamente. Una nube sin grietas lo está cubriendo. La he mirado por unos segundo, tratando de encontrarle alguna figura; quizás de esta manera, sería más fácil que nos conectáramos y entendieran. Pero esta nube no tiene figura: es solo una nube grande, gris clara en el centro y blanca en sus bordes. Creo que tendré reflejo oscuro por algunos minutos más.

Pues una grieta en la nube —que antes, les aseguro, no estaba— ha dejado escapar rayos de sol nuevamente. Pasarán unos minutos antes de que salgamos de esa grieta, así que volveré a buscar la sombra en mi balcón.

La grieta está demorando en pasar y el sol cada vez castiga más. Se está quedando sin sombra mi balcón, sin café la taza, sin páginas el libro; sin reflejos la computadora y sin aliento yo.

“¿Estás en paz?” preguntaba el pasado, al mismo tiempo que mis labios se abrían para repetirlo al futuro. Y en ese instante entendí: mi futuro no respondió antes, porque ya estaba en paz. Y yo, mirando al pasado, también lo estaba.

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