Entraron en silencio al ascensor.
Dos pisos. Solo dos. Pero parecían suficientes para desordenarlo todo.
Él llevaba un pantalón gris y una camisa azul cielo que hacía resaltar sus ojos color miel. Las pestañas largas, la barba oscura, esa sonrisa de niño que a veces se le escapaba sin permiso. Estaba recostado a la pared, la espalda apoyada, un pie cruzado delante del otro, las manos entrelazadas como si así pudiera mantenerse quieto, como si no moverse fuera una forma de obediencia.
Ella iba de negro. Los zapatos color vino —los que a él le gustaban— relucían apenas bajo la luz amarilla del ascensor. El cabello suelto, el perfume que compartían sin haberlo dicho nunca en voz alta. Estaba de pie junto a los botones, demasiado consciente de la cercanía, demasiado consciente de todo lo que ya no podía fingir que no existía.
Se demoró un segundo más de lo necesario antes de presionar el “1”.
Dos pisos.
Tan pocos para no escapar.
Suficientes para recordar.
Mientras las puertas se cerraban, ella se colocó el cabello detrás de la oreja. No era un gesto seductor; era un gesto antiguo, automático, uno que ya había hecho antes, cuando todavía no dolía tanto. Él lo siguió con los ojos, con esa atención que no pide permiso.
Ella pensó en todas las veces que habían estado así: solos, cerca, lejos. En los lugares donde tampoco pasó nada, en las decisiones que sí se tomaron aunque nadie las viera. Pensó en lo que había cruzado, en lo difícil que era ahora volver atrás, en lo caro que se paga aprender a tiempo.
Él la miraba fijo. No pensaba en el futuro ni en las consecuencias. Solo en el cuerpo que tenía enfrente y en todo lo que estaría dispuesto a perder con tal de no soltarlo. La amaba sin cálculo, sin prudencia, con esa clase de amor que no entiende de límites ni de nombres correctos.
El ascensor avanzaba.
El aire parecía más denso.
La distancia entre ellos no se acortó, pero tampoco creció. Era exacta. Cruelmente exacta.
Ella levantó la vista hasta encontrar sus ojos. No dijeron nada. Apenas pestañearon. Él pensó en besarla. Ella pensó en todo lo que tendría que romper para permitirlo. El cuerpo de él avanzó solo en el pensamiento; el de ella se quedó sosteniendo la frontera.
Los dos pisos duraron demasiado.
O muy poco.
El viaje más largo que nunca hicieron juntos.
Llegaron al primer piso.
La puerta se abrió.
Salieron.
Y no pasó nada.
No vivieron nada juntos, como ella había imaginado alguna vez.
No se besaron, como él hubiera querido, incluso a escondidas, incluso así.
Ella caminó primero.
Él la siguió con la mirada un segundo más de lo prudente.
Solo dos pisos.
A veces eso es todo lo que dura una historia que existe únicamente en lo que no se hizo.