Lo primero fue la mirada.
Cada uno en la sala del apartamento de enfrente, las personas pasando, hablando y ellos mirándose, sin conocerse. En los pasillos de la universidad, en la biblioteca, en cualquier lugar donde el azar los cruzara, se buscaban los ojos como si allí estuviera todo. No hicieron falta palabras: bastaba con sostenerse un segundo más de lo permitido para que algo se encendiera.
Él tenía novia. Ella tenía novio. Y quizás por eso aquella complicidad se volvió un secreto, una llama que nunca se apagaba del todo. Pasaron meses, años incluso, viviendo de ese juego invisible: encontrarse, mirarse, fingir indiferencia mientras por dentro ardían.
Cuando al fin quedaron libres, después de dos años, se acercaron. Y fue como abrir la puerta de golpe a un viento que nadie sabe cómo detener. El amor fue brutal, desbordado. Se buscaban con hambre, como si el tiempo perdido pudiera recuperarse en un abrazo. Hicieron juntos cosas que jamás habían hecho con nadie más. Era intenso, nuevo, feroz.
Pero también caótico. Él era celoso, incapaz de sostener tanta entrega sin miedo a perderla. Ella lo amaba, pero se agotaba en la desconfianza, en las discusiones que terminaban rompiéndolos una y otra vez. Se separaban, volvían, se herían y se curaban, solo para herirse de nuevo. Hasta que un día ella se cansó y lo dejó.
La universidad se convirtió entonces en un laberinto de encuentros dolorosos. Él la veía en todas partes: en los pasillos, en las clases, en la cafetería. Cada aparición era un recordatorio de lo que ya no tenía. Intentó recuperarla, pero lo único que logró fue alejarla más con sus dudas y sus reclamos.
En ese tiempo se refugió en su madre. La llamaba cada día, a veces lloraba sin consuelo. Volvía a casa, se sentaba a su lado, la abrazaba como un niño que necesita brazos más grandes que el dolor. Ella lo escuchaba, lo acariciaba, pero estaba preocupada: nunca lo había visto tan roto, tan vulnerable.
Los años de universidad pasaron, y con ellos también aquella historia. Ella siguió su camino. Él también.
Quedaron con una herida que aprendieron a esconder.
Diez años después, un mensaje apareció en su teléfono.
Era ella.
Le preguntaba cómo estaba, que le gustaría verlo, aunque solo fuera para ponerse al día.
Él la leyó en silencio.
Ya tenía una familia, una vida distinta. Durante un instante pensó en responder con un “sí”. En verla, en comprobar qué había quedado de aquella muchacha que lo había marcado tanto. Pero enseguida sintió el peso del recuerdo: el caos, los celos, el desgarro. Todo volvió de golpe, como si no hubiera pasado el tiempo.
Escribió despacio:
“Espero que estés bien. Es mejor que no nos veamos.”
Y envió el mensaje.
Ella tardó en contestar, solo respondió con un “entiendo”.
Él dejó el teléfono a un lado, con el corazón latiendo como si tuviera veinte años otra vez. No era rencor lo que sentía, ni tampoco indiferencia. Era el reconocimiento de heridas que nunca cicatrizan, y que la única forma de sobrevivir a ellas es no volver a tocarlas.
Diez minutos de silencio
La vi por primera vez un lunes, cuando el sol apenas empezaba a calentar las aceras. Yo trabajaba abajo, en el local de la esquina, y mientras esperaba que abrieran la reja alcé la vista y allí estaba: en el balcón, con un vestido blanco y una taza entre las manos.
No fue el vestido lo que me llamó la atención, ni el cabello suelto que la brisa movía sin esfuerzo, sino la manera en que se sentaba: recta, con las piernas cruzadas y la cabeza recostada al respaldo de la silla, como si llevara años ensayando esa quietud. Ponía la taza siempre en un mueble al costado, intacta, mientras ella cerraba los ojos y se sumergía en un silencio que no era exactamente silencio: los audífonos la aislaban del mundo, y yo me quedaba allí, observando desde abajo, sin hacer ruido.
Al día siguiente salió otra vez, casi a la misma hora. Y al otro. No siempre puntual, pero siempre entre las siete y media y las nueve de la mañana. Diez minutos exactos, muy pocas veces menos. Después, se quitaba los audífonos, bebía un sorbo y volvía adentro.
No sé cuándo empecé a organizar mis mañanas para esperarla. Iba antes de lo necesario al trabajo, aunque no tuviera nada que hacer. El sábado no me correspondía estar allí, pero fui igual, solo por verla salir al balcón y acompañar su silencio. El domingo también. Su presencia se volvió mi rutina, como si esos diez minutos fueran el único orden verdadero del día.
Hasta que llegó ese domingo distinto.
Al mediodía, cuando el sol caía a plomo, la vi aparecer de nuevo. Pero no llevaba vestido blanco, ni audífonos, ni taza y tenía el cabello recogido. Se sentó de otra forma, encogida, apoyó los codos en las rodillas y escondió el rostro entre las manos. Y lloró.
Fue un llanto breve, silencioso desde donde yo estaba, pero tan intenso que el aire del balcón pareció quebrarse. Sentí que, sin querer, había visto demasiado.
El lunes la esperé. No salió.
El martes tampoco.
Pasó una semana.
Pude subir, preguntar, tocar alguna puerta. Pero no lo hice. Algo en mí prefirió no saber. El recuerdo del llanto era suficiente, y también insoportable.
Seguí yendo cada mañana, durante semanas, levantando la mirada hacia aquel espacio vacío.
Nunca más la vi.