Cuando la positividad asfixia

Durante un tiempo empecé a sentir incomodidad en lugares donde, en teoría, todo estaba bien. Todo era una maravilla. Absolutamente todo.

Y aunque entiendo —y comparto— la gratitud por estar vivos, había algo en ese discurso constante que me empezaba a pesar. No era paz lo que transmitía. Era exigencia.

No sé en qué punto la positividad dejó de ser una actitud para convertirse en una obligación. No hay espacio para el cansancio, la frustración o el simple “hoy no”. Todo tiene que ser hermoso, luminoso, ejemplar. Y si no lo es, parece que el problema eres tú.

Con el tiempo entendí que lo que me incomodaba no era la alegría de otros, sino la imposibilidad de decir otra cosa. La sensación de que cualquier emoción incómoda debía ser rápidamente corregida, maquillada o reemplazada por una frase bonita.

Eso asfixia.

Hay algo profundamente violento en no poder estar mal sin sentirse culpable por ello. En no poder nombrar una incomodidad sin que alguien venga a recordarte lo agradecida que deberías estar. Como si sentir tristeza, duda o insatisfacción fuera una falla moral.

Discursos constantes sobre aceptación corporal, amor propio, “ámate tal como eres”, mientras, en privado, hay cirugías, inyecciones, rechazo silencioso al propio cuerpo. No por mejorar —mejorar es válido— sino por negar. Y esa contradicción no sana; confunde. Sobre todo cuando se transmite a otros, incluso a los hijos.

Aceptar no es mentirse.

Aceptar no es celebrar todo.

Aceptar es dejar de pelear con la realidad.

Durante años yo misma tuve una relación dura con mi cuerpo. Me miraba al espejo y solo veía defectos: celulitis, grasa aquí y allá, cosas que “deberían” ser distintas. Me hablaba mal, me castigaba.

Hoy estoy en otro lugar. No porque sea perfecto —no lo es— ni porque me encante todo lo que veo. Me miro y reconozco lo que no me gusta. Pero ya no me insulto por ello. Identifico lo que puedo mejorar, tomo acción, y lo que no tiene solución simplemente lo habito.

No todo lo que acepto me gusta.

Y no todo lo que no me gusta merece odio.

Me pasa con el cuerpo, con los poros de la piel, con las arrugas que empiezan a aparecer, con las canas. Antes no podía salir de casa si no sentía todo perfecto. Ya no. No porque esté encantada, sino porque dejé de vivir en guerra conmigo.

Esto no es resignación. Es honestidad sin crueldad.

Aquí entra el trabajo de Susan David, psicóloga de Harvard, quien habla de “agilidad emocional”: las emociones incómodas no son el problema, el problema es no saber habitarlas.

Negarlas no las hace desaparecer. Solo las desplaza. Y muchas veces las intensifica.

El positivismo tóxico —aunque no sea un diagnóstico clínico— existe como fenómeno cuando la luz se usa para tapar lo que duele. Cuando la gratitud se vuelve mandato. Cuando el amor propio se convierte en negación del deseo de cambio. Cuando no hay espacio para decir: “esto no está bien y necesito sentirlo”.

No se trata de rendirle culto al dolor. Se trata de darle un lugar. De reconocer que la vida incluye incomodidad, pérdida, contradicción. Y que atravesarlas con honestidad es mucho más sano que cubrirlas con frases bonitas.

No me molesta la luz.

Me molesta cuando la usan para silenciar la verdad. La incomodidad también merece un lugar

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